Ivanhoe

Personaje de la novela de su nombre (v.) de Walter Scott (1771-1832). Aunque da título a la obra, Wilfrido de Ivanhoe no tiene en ella más consistencia que una mera sombra.

Su carencia de acento y de relieve individual nos da la me­dida de su personalidad. El espíritu aven­turero que impulsa a los caballeros del Ciclo carolingio (v.) a sus inquietas pero gloriosas hazañas, lejos de la patria y del solar paterno, aparece casi totalmente apa­gado en Ivanhoe. En él, la perfecta salud física y una fuerza inmensa excluyen todo juego de la fantasía, y aun su propia sen­sibilidad es limitada y elemental.

De haber vivido en nuestra época, Ivanhoe hubiera sido un diligente administrador o un oficial respetuoso con las jerarquías, que habría dedicado sus ocios a metódicos deportes al aire libre. Sería inútil esperar sorpresas de Ivanhoe; en cambio, su figura inspira una sensación de confianza y la certidumbre de una constancia absoluta y de una lealtad que no habrá de desmentirse jamás.

El fiel seguidor de Ricardo Corazón de León nos es presentado como un hombre taciturno, pero no por razón de un carácter tímido o reservado, sino por aquella otra especie de timidez que a veces pesa sobre los mucha­chos que han crecido demasiado de prisa y que casi se avergüenzan de albergar una alma infantil en sus robustos corpachones.

Una vez liberado el reino de Inglaterra de la usurpación del príncipe Juan, y luego que han caído todos los obstáculos que se oponían a su amor, Ivanhoe deja de ser un caballero errante para transformarse en un leal súbdito y en un esposo fiel, digno heredero de Cedric el Sajón. En el alma clara de Ivanhoe la lealtad se manifiesta en un amor a la lucha y en una virtud caba­lleresca que es algo más que una mera ilusión romántica y que parece presagiar el espíritu deportivo, que precisamente en Inglaterra había de encontrar su patria.

B. Del Re