Protagonista de la novela Muerte de Iván Il’ič (v.), de León Tolstoi (Lev Nikolaevič Tolstoj, 1828-1910). El mundo es, para él, un armónico conjunto de cosas sólidas y claramente ordenadas, y su misión personal consiste en saborear la íntima dulzura de aquéllas, como si fuera una perfumada taza de café después de una excelente comida.
Pero el espíritu trágico que anima al mundo, imprimiéndole movimiento y • vida y tejiendo, destejiendo y volviendo a tejer incansablemente los destinos de los hombres, quiere un día tomar por personaje a ese descolorido juez, insinuando en su bien alimentado cuerpo, gracias a un choque que no puede ser más trivial, el acerado aguijón de un mal inexorable. A partir de entonces un dolor cada vez mayor impide todo reposo a Iván Il’ich, postrándole en una progresiva debilidad que resiste a todos los tratamientos. Aquel dolor, que no es nada y del que no admite ni el nombre, se aferra a él, minándole y haciéndole suyo cada vez más.
Y entonces, ante el ataque del sufrimiento y ante la congoja de lo inevitable, aquella alma sorda, rompiendo el manto gris de la vulgaridad, surge a la luz, mientras un obstinado « ¿por qué?» late incansablemente en su interior. Si le sobran fuerzas, vida y porvenir, si tiene los ojos llenos de sol, ¿por qué debe morir? Pero nadie contesta a sus patéticos llamamientos; por el contrario, todos parecen abandonarle: los hombres que tienen por delante una existencia buscan el calor de la vitalidad y el ardor de la vida en flor, y esquivan el solitario hielo de la muerte. E Iván Il’ich se encierra en sí mismo, volviéndose ansiosamente hacia las remotas escenas de aquel sereno pasado, que debe ocultar, a pesar de todo, el misterioso secreto de su destino.
Pero sólo muy lejos, en las montañas soleadas de la juventud feliz, florece sonriente algún recuerdo luminoso, como un sueño alado en el crepúsculo matutino: más abajo, en el valle de los años, las sombras se espesan y se oscurece la noche. Aquella existencia — dorado mediodía de verano —, de la cual Iván ha gozado la plenitud y la animada armonía, le hace ver su pavoroso vacío interior: todo ha sido una ciega e inconsciente mentira, y una mezquina sumisión a los prejuicios y a la vulgaridad corriente, sin el menor sentido ni vigor de vida moral. La hora suprema se aproxima entre torbellinos de espasmo.
Iván sigue luchando, preguntando, afanándose por saber: y al final, sabrá. Cuando un rostro desolado de muchacho — el de su hijo — se inclina sobre él besándole desesperadamente entre sollozos, como si quisiera detener la vida que se le escapa, Iván Il’ich, con un esfuerzo supremo, capta la verdad, la más alta, por lo mismo que es la más sencilla: el desconocido vínculo que une el hombre al hombre y el sentido arcano del vivir y del morir en sus eternas relaciones. Y en su mano temblorosa, Iván estrecha la diminuta llave de oro que abre los reinos secretos.
V. A. Scrosati

