Isaías

 [Yèsa’jāhū]. El mayor de los pro­fetas del Antiguo Testamento, definido por los antiguos como el «profeta evangelista», por la riqueza y extraordinaria precisión de su mensaje mesiánico.

Al mismo tiempo, Isaías es también uno de los mayores nom­bres de toda la literatura y una de las más prodigiosas apariciones de la historia. Isaías canta como Homero el poema de su pueblo, desahoga como Dante su nobilísima pasión, abre como Milton las puertas del cielo, y sondea como Shakespeare los misterios del corazón humano. Su libro (v. Isaías) es una de las cumbres de la literatura hebrea y su figura, a la vez pacífica y tempestuosa, así como su corazón tierno’ y ardiente y su lenguaje que admite todas las posibilidades del vocabulario hebreo, hacen de él una criatura soberana. En el siglo VIII a. de C., Isaías es el dominador de los acontecimien­tos religiosos y políticos de su generación y el centinela avanzado que defiende la gloria de Dios y la verdadera gloria de su pueblo.

Una visión en el Santuario de Jerusalén señala el inicio de su misión: los Serafines, «los ardientes», rodean a Dios sentado en su trono, exaltando su santidad, mientras tiemblan las puertas del Templo. El profeta se estremece a su vez porque «es un hombre cuyos labios no están pu­ros», pero un serafín se los purifica con un tizón arrancado al altar sobre el cual arden los perfumes. La voz de Dios solicita a un hombre para enviarlo a Israel, e Isaías se ofrece como heraldo de un mensaje de desolación: el pueblo no querrá compren­derlo y será derrotado, pero su suerte será confiada a «una semilla santa» que en su día volverá a florecer y a dar fruto (cap. VI). La vida del profeta está totalmente dominada por esa experiencia mística ini­cial. La majestad de Dios, la triste suerte de Israel prevaricador y la urgencia de una misión de fe y de esperanza, ocuparon to­dos sus pensamientos desde el momento en que, incluso en sus aventuras familiares y en los nombres que impone a sus hijos, Isaías no deja nunca de aludir a las líneas esenciales de su mensaje.

Isaías era un noble de Jerusalén, que conocía las gran­dezas exteriores de la capital, así como sus secretas miserias y sus muchas vanidades, comprendiendo entre éstas las de la moda (cap. III). Sus relaciones con influyentes personajes y la misión que ha recibido de Dios le sitúan en primer término del esce­nario político, en el drama de la amenaza no sólo teórica sino gravemente práctica, que Asiría representa para Jerusalén. La actuación política de Isaías se inspira en una teología de la historia desconocida de todos los pensadores del mundo antiguo: frente a los medios diplomáticos y milita­res demasiado humanos, Isaías fía la suerte de su pueblo a un acto de fe: «Si no creéis no duraréis» (cap. VII, 9), y arde en ira cuando el rey y sus conciudadanos le acu­san de defensor de utopías. En realidad, la palabra de Isaías hizo más por la salvación de Jerusalén que el ejército de Judá (v.). Vidente y taumaturgo, Isaías intenta sacudir por todos los medios la culpable apatía de sus contemporáneos, pero su voz se eleva en medio de un desierto sin vida.

En Isaías se alían un raro sentido de lo concreto con una vida mística todavía más rara. Sumer­gido en las turbulentas luchas de su tiempo, sabe alejarse de ellas y superarlas en una visión religiosa que, en sus abstractas apa­riencias, es la única que logra dar signifi­cación a la historia de Israel. Su trágico ministerio, que debe subrayar los motivos y las circunstancias de la perdición de sus hermanos, tiene un admirable arranque en las visiones de restauración y de gloria que llenan una importante parte de su vida. Nadie como él ha descrito en una página sublime y única en la literatura hebrea la función redentora de la Pasión del Mesías y del dolor sin fondo del Inocente por los pecados excesivos de los hombres. En el alma y en la palabra de Isaías se refleja todo el drama de su época, que, en los territorios ocupados por los pueblos semíti­cos, vio irrumpir el poderío asirio.

A través de una serie de sangrientas guerras, fueron devastadas ciudades y naciones que hasta entonces habían representado el poder y la gloria, y pueblos enteros se vieron conde­nados a la deportación. Contra este abuso del poder humano, Isaías ve erguirse el inaccesible y auténtico dominador de la historia y de los hombres, es decir, el ma­jestuoso Creador del universo y Rector irresistible de todas las vicisitudes huma­nas. En sus discursos fulgurantes y patéti­cos, enriquecidos por un sinfín de detalles precisos que nos permiten identificar los aspectos exteriores y las actitudes íntimas de los protagonistas de tan agitada histo­ria, Isaías alumbra con impresionante luci­dez el destino de su pueblo, que tiene por rey precisamente al dios Santo y Tremendo en cuya mano está la suerte de todos los poderosos.

En el contraste entre esta su­prema e invisible realidad y los aspectos tumultuosos y contingentes de la historia que se desarrolla ante los ojos de los hom­bres se encuentra una de las características más impresionantes de la persona y de la obra de Isaías. Éste no se abandona a visio­nes abstractas ni complicadas; su palabra es como una flecha que va lúcida y directa hacia el blanco. Los juicios sobre situacio­nes concretas se ven de pronto atravesa­dos por la cegadora luz de la profecía, que proyecta en el futuro mesiánico, prodigio­samente presente en la regulación de la suerte de Israel y de todos los pueblos, situaciones que parecían haberse agotado en un episodio pasajero. Invectiva, sátira, elegía y lírica, obedecen todas a un solo corazón que desde su más íntima profun­didad vive no solamente el drama de una época y de un pueblo, sino el drama de la historia de la Humanidad vista con los ojos de Dios.

El genio político, el artista, el hombre de fe, el místico y el profeta se funden en perfecta proporción y logran una rara plenitud en este hombre cuya personalidad se pierde de tal forma en su propia misión que apenas deja, a pesar de la amplia extensión de su libro, escasas huellas de sus experiencias personales y todavía más escasas noticias autobiográficas. Isaías desaparece de la historia en una for­ma oscura y quizá trágica — una tradición judía le hace morir partido en dos por el impío rey Manasés (v.) —, pero no parece sino que ese marco de tinieblas y de san­gre sea el más adecuado para resumir y concluir su tormentosa vida.

Tormentosa, porque veía lo que los demás no lograban ver y sabía lo que los otros ignoraban. Tal vez ningún otro hombre «sufrió» la historia humana con semejante ansia de liberación y de superación en un clima en el que esta historia carecía ya de secretos y los límites del arcano porvenir se disolvían en una visión extremadamente lúcida y circuns­tanciada. El Eclesiástico (v.) escribe de él: «Isaías, el gran profeta, / el profeta tan seguro de sus vaticinios… / poderosamente inspirado, vio el futuro / y consoló a quie­nes lloraban en Sión. Hasta el fin de los tiempos anunció el porvenir / y predijo las cosas ocultas, antes de que acaecieran» (cap. XLVIII, 22-24).

S. Garofalo