Interlocutor de Sócrates (v.) en el diálogo platónico titulado con su nombre (v.). Grecia estaba llena de aedos que recitaban o comentaban a Homero. ¿Cuál fue el motivo que pudo impulsar a Platón a dedicar un diálogo a uno de ellos, ese Ion que parece completamente externo al campo de sus intereses filosóficos? Una de las razones pudo ser la semejanza de este histrión con los sofistas, ya que Ion es un hombre presuntuoso y pagado de sí mismo, como un Hipias (v.) o un Gorgias (v.), que no sabe mencionar su propio nombre sin acompañarlo de superlativos, y se toma en serio las más irónicas alabanzas de Sócrates.
Ion cree y pretende saberlo todo, ya que Homero lo contiene todo «y yo, Ion, soy su profeta». La otra razón de que Platón haya hecho de él una de sus figuras más cómicamente grotescas puede buscarse en la desconfianza que el filósofo sentía hacia el teatro y los actores. Si la realidad no es más que la sombra de las ideas, el arte, y sobre todo el teatro, es la sombra de una sombra. Un buen aedo recitaba las epopeyas de Homero, a quien Platón considera como el primero de los poetas trágicos, con todos los recursos de la retórica tan grata a los sofistas: gestos de gran actor, risas y lágrimas, para suscitar un eco, o sea una sombra análoga, en el público.
Sacar a plena luz todos estos juegos, expedientes y mentiras, debía tentar a Platón. Por ello levanta el velo y quiere dejar al desnudo el alma de los comediantes, seductores y encantadores, que ante todo se proponían ganar dinero. Ion, al dejarse prender en las frases de elogio de Sócrates, cobra confianza y descubre todos los trucos de su pobre alma. Sócrates, entonces, desmantela pieza a pieza la fortaleza de tan desmesurada vanidad, demostrando a Ion que los pasajes de Homero relativos al cuidado de los enfermos sólo pueden ser comprendidos en su exacto valor por un médico experto, del mismo modo que sólo un vidente puede interpretar lo que Homero dice acerca de la adivinación, y sólo un jinete profesional lo relativo a las carreras de caballos.
Ion cede respecto a estos puntos, pero reivindica para sí la capacidad de comprender mejor que nadie los discursos de los jefes y generales homéricos. «Así — responde Sócrates — cuando los atenienses deban elegir un general para una futura expedición lo mejor será que no vacilen y te nombren a ti». Pero Platón mantiene siempre una posición ambigua respecto al arte y a los artistas. Ion poseía cierto talento, y es probable que el filósofo gustase de escucharle. Por ello su Sócrates establece una distinción: del mismo modo que en el Menón (v.) había sostenido que la virtud no puede transmitirse por medio de una pedagogía, sino que se adquiere por intervención divina, ahora afirma que los aedos se engañan si pretenden derivar su arte de un conocimiento racional de Homero.
Éste debe su grandeza a una inspiración divina, y un Ion no hace más que continuarla en su entusiasmo delirante. El público de sus admiradores participa en esta prolongación de la inspiración, en la cual el aedo actúa como un eslabón intermedio. «¿Quieres debérselo todo a los dioses y ser su representante en la tierra, o prefieres que te nombren general?» Ion vacila, pues la alternativa es seductora. En realidad preferiría ser general y profeta a un mismo tiempo: entonces su vanidad quedaría satisfecha.
F. Lion

