Juntamente con Mariana Alcoforado (v.), es la más alta figura de la mitología amorosa portuguesa. Hija natural de un rey español y dama de compañía de Constanza, que todavía no era reina, fue la amante de don Pedro, el infante de Portugafo que pasó a la historia con el epíteto de «el Justiciero», y fue mandada asesinar por el padre de éste, Alfonso IV, en presencia de sus propios hijos.
La ira del príncipe fue tal que le llevó a rebelarse contra su padre, y luego de subido al trono, en 1357, mandó declarar por ley especial legítima esposa suya a Inés de Castro, cuyo cadáver — que hoy reposa a su lado en la catedral de Alcobaga — mandó coronar solemnemente. Una de las primeras transcripciones literarias de este episodio histórico son las «trovas» de García de Resende, Estancias por la muerte de Inés de Castro (v. La Castro), en las que la propia víctima narra su martirio con acentos sencillos y patéticos.
La figura de Inés aparece más grande en la tragedia portuguesa La Castro (v.), de Antonio Ferreira: Inés es en ella la amante y la madre feliz a quien la irregularidad de su situación no logra turbar; don Pedro es viudo e Inés no llega siquiera a imaginar las sospechas que despiertan en el corazón de los envidiosos cortesanos que rodean al rey los inocentes frutos de su ilegítimo amor. Cuando el coro la informa de la tragedia que se prepara, cree por un momento que van a dar muerte a sus hijos y a su amante; pero al saber que la víctima designada es ella, se despide de sus hijos y ruega a las «muchachas de Coimbra» que constituyen el coro, que se estrechen a su alrededor para defenderla de la muerte.
Después de haber apelado en vano a la clemencia del rey, el personaje de Inés desaparece: fiel a las máximas horacianas, Antonio Ferreira confía al coro la misión de referirnos el trágico final. Inés es un personaje completamente pasivo cuyos caracteres dramáticos son sólo externos, en las situaciones que se le imponen y que ella no tiene otro remedio que aceptar. Femineidad perseguida e indefensa, sólo vive del afecto patético resultante del brusco paso de una felicidad ingenuamente confiada a la angustia de una muerte inevitable: su mismo amor es un presupuesto sentimental que sirve de fondo al drama sin sostenerlo ni reforzarlo.
Carente del ardor sensual de su raza, Inés se manifiesta infinitamente más débil que sus hermanas del Norte, reduciéndose a mero símbolo de una lacrimosa desdicha. Su figura no gana ninguna luz nueva en las dos tragedias que sobre su historia escribió Gerónimo Bermúdez, Houdar de La Motte, o en las poesías de Bocage, Ribeiro dos Santos. En la comedia Reinar después de morir (v. Castro, La), del autor español Luis Vélez de Guevara, Inés aparece como una figura de delicada ternura y de fina humanidad.
A. R. Ferrarin

