Inés Bernauer

[Agnes Bernauer]. El asesinato legal del «Ángel de Augsburgo» («Der Engel von Augsburg»), la bellísima hija del barbero Kaspar Bernauer, Inés, a la que el duque Ernesto de Baviera mandó arrojar desde el puente de Straubing al Danubio el 12 de octubre de 1435 porque hasta el último momento se había negado a renunciar a la legítima unión con su hijo único el futuro duque Alberto III, despertó en el pueblo bávaro una unánime y emo­cionada compasión.

De este sentimiento se erigió en intérprete el artista que, una vez conjurado el peligro de una guerra civil y luego de reconciliado el príncipe Alberto con su padre, labró en el cementerio de Straubing la tumba de Inés, dando a su rostro la expresión de una paz triste y serena. Así, en los cantos populares que con piadosos detalles evocan el acontecimiento, el altivo carácter de aquella joven del pue­blo no exenta de ambiciosos designios, se ennoblece y alcanza una grandeza heroica, mientras que el duque Ernesto, que en rea­lidad sobrevivió tres años a su víctima, muere a los pocos días, herido por la jus­ticia divina. Los cronistas contemporáneos y los historiadores, por adhesión a la casa reinante, pasan por alto el hecho, o vitu­peran la memoria de Inés, como había ya hecho sin vacilar, para disculparse, el pro­pio duque Ernesto en su relato al empera­dor Segismundo.

Sólo el padre Juan Tritemio (1462-1516) se atreve a tomar abierta­mente, en sus Anales de Hirsau (v., 1514), la defensa de aquella inocente en nombre de los principios del humanismo cristiano y de los numerosos ejemplos de soberanos que contrajeron matrimonio con mujeres de humilde condición. A fines del siglo XVII, el corifeo de los marinistas alemanes, Christian Hofmann von Hofmannswaldau (1617- 1679), incluye en el número de parejas ejemplares celebradas en sus Epístolas de héroes (v.) al propio Alberto de Baviera, aunque disimulando por prudencia su per­sonalidad bajo el pseudónimo de «Herzog Ungenand», o sea el Duque sin Nombre, y a Inés Bernin, poniendo en boca de la he­roína, siquiera sea en medio del concep­tuoso juego de las antítesis, palabras de conmovida lamentación por la fugacidad de los goces del amor que han sido causa de su muerte.

Un siglo más tarde, en la época wertheriana, el conde Joseph August von Torring (1753-1826), de antiguo linaje bávaro, llevó por primera vez a la escena, en la tragedia en prosa Agnes Bernauerin (1780), la triste aventura del «Ángel de Augsburgo». En su obra ambos protagonis­tas hablan el lenguaje apasionado e impe­tuoso del «Sturm und Drang» (v.) reivin­dicando contra las convenciones sociales los derechos del corazón. Antes que príncipe, Alberto se siente hombre; e Inés, dirigién­dose a Dios con palabras inspiradas en la concepción miltoniaria del amor, renovada por Klopstock, implora del Omnipotente la gracia de poder pertenecer por entero al hombre a quien «‘debe’ amar y ‘debe’ ado­rar».

Su amor es su destino, «Schicksabx Pero por encima de las leyes de su corazón se hallan, en la mente del poeta aristocrá­tico, las tradiciones y el orden constituido, de los cuales se erige en paladín, en el propio drama, un antepasado del autor, el caballero von Thorringer. De ahí que Inés, a pesar de conservar ante los jueces su dignidad y su orgullo, aparezca al fin como la víctima designada que muere por el bien de su país. En los numerosos dramas de los epígonos schillerianos y románticos (Julius Kórner, 1821; August Werg, 1837; Ludwig Braunfels, 1841; Adolph Bóttger, 1845 y Franz Honcamp, 1847) resuena ple­namente, contra los prejuicios dinásticos, la voz de la humanidad ofendida, y Alber­to, que después del asesinato desencadena la guerra civil, sólo se aplaca al recordar la última voluntad de Inés, que había muerto perdonando.

Más fiel a las fuentes, que habían sido recopiladas y publicadas, aunque con arbitrarios añadidos, ya en 1801 por Félix Joseph Lipowsky, es la Agnes Bernauerin, de un primo de Heine, David Hermann Schiff (1831), el cual, a pesar de todo, hace morir de dolor a Alberto ante el cadáver de su amada, ya que una recon­ciliación entre padre e hijo, después de lo sucedido, le parece poéticamente imposible. Pero sólo en la «tragedia alemana» de Friedrich Hebbel (1813-1863) Agnes Bernauer (v.), representada en 1852, la figura de la heroína, situada en su ambiente his­tórico, que el poeta reconstruye con genial intuición después de un cuidadoso estudio de las fuentes, logra penetrar de lleno en la vida perenne del arte, con toda la in­genua lozanía y el púdico candor de una muchacha del pueblo, criada en la intimi­dad de los afectos familiares y figura, no de ensueño, sino palpitante y viva, a la vez humilde y altanera, ideal y real.

Pe­ro contra la humana y divina realeza del amor se yergue la granítica mole del Es­tado, hegelianamente concebido como la en­carnación del Espíritu absoluto, que exige del individuo, en nombre de la colectividad, una voluntaria e incondicional renuncia a todo bien que se oponga al orden constitui­do. Pero por mucho que Hebbel se esfuerce en hacer revivir ante nuestros ojos la tra­gedia interior del duque Ernesto, en quien aquel principio se personifica, la inhuma­nidad de la concepción germánica del Dios- Estado resalta a plena luz, contra las in­tenciones del autor, en contraste con el humano sufrimiento de la mártir que, en su inocencia y en la segura firmeza con que se enfrenta con la muerte para no traicionar su amor, sigue, en la medida en que ello es posible a una humana criatura, el ejem­plo de los sufrimientos de Cristo. A la tragedia hebbeliana de la belleza el poeta Otto Ludwig contrapone, en la intrincada selva de los innumerables proyectos, esbo­zos y fragmentos con que preludia una nunca realizada Agnes Bernauer, tres dis­tintos tipos sucesivos de drama: el drama de intriga, la tragedia conyugal y el drama de amor.

Su heroína, que en un primer momento nos recuerda a Genoveva (v.), en un segundo momento aparece culpable cuando, renegando de su primer amor, se entrega por vanidad y ambición a Alberto. Finalmente, en los últimos esbozos, escritos entre 1858 y 1864 y que son sin duda los más felices, los dos novios, dejando en la sombra los motivos políticos, desafían, como Romeo y Julieta (v.), la ira de sus padres y aun la misma muerte, que es la sublimación última y el triunfo final de su amor. El tema del drama proyectado por Gottfried Keller en consciente oposición a los pre­cedentes intentos hubiera sido el trágico conflicto entre el padre y el hijo, mientras que otro autor, Martin Greif (Agnes Ber­nauer, 1894), combinando hábilmente según los dictados de su poética burguesa los va­rios motivos introducidos por sus predece­sores, centra una vez más el drama en la figura de la heroína, cuyas últimas palabras de paz y perdón persuaden a Alberto, al igual que sucede en el drama de la Res­tauración, a deponer las armas.

Entre los poetas contemporáneos, Richard Billinger (n. en 1893), intérprete fiel del alma popu­lar, ha sabido infundir a su drama El Du­que y la hija del barbero [Der Hertzog und die Baderstochter, 1935] el ingenuo fervor religioso del siglo XV alemán. Finalmente, Agnes Miegel (n. en 1879) nos presenta en una de sus baladas más sugestivas a su Agnes Bernauerin sentada ante el fuego que lanza sus últimos destellos, entre sus compañeras que cantan una canción de amor, mientras ella, pálida y abstraída, re­vive el sueño que tuvo la noche de San Andrés y que en vano se esfuerza por in­terpretar: bajo un cielo de fuego, las ondas del Danubio teñidas de sangre llevan hasta sus pies una corona en que refulgen las gemas y que al cogerla se transforma en una fúnebre guirnalda de flores marchitas. Una canción de cuna y de tumba acompaña la voluble danza de las ondinas.

C. Grünanger