En las distintas versiones épicas y dramáticas de la historia bíblica de Judith, la persona del jefe asirio suele vivir al lado de su gran antagonista con la luz reflejada ya al margen de la poesía.
Si exceptuamos a Dela Valle y a Hebbel, ninguno de los numerosos poetas que arrostraron la prueba logró infundir a Holofernes un alma y una vida propia, de modo que su inmensa altiva mole, carente de un centro humano, no es poéticamente más que una sombra, símbolo del más desmesurado y jactancioso orgullo, que está «a priori» condenado a estrellarse contra la indestructible fortaleza de Dios: semejante en todo al bíblico coloso de pies de arcilla o a los gigantes del infierno dantesco. Ello explica también por qué el personaje de Holofernes, en su vacío interior, se presta tan fácilmente a la sátira y por qué poetas modernos como Nestroy, en su sabrosa parodia de la Judit (v.) de Hebbel y Georg Kaiser en su grotesca obra La viuda judía (1911) han podido darle al menos la efímera vida de una caricatura. Pero una sutil vena cómica o tragicómica parece ya adivinarse de vez en cuando en poemas más antiguos.
En la Judit anglosajona, a decir verdad, el poeta se propone hacernos sentir la trágica ironía del destino, o mejor aún, la risa de Dios, cuando, tras habernos presentado a los comensales de Holofernes, «condenados a la muerte», que recibían de manos de los esclavos de las colmadas tazas refulgentes de oro y de gemas, nos muestra al propio general que, ignorante del fin que le espera, ríe y bromea (y para traducir sus descompuestos gritos, que se oyen desde lejos, el poeta recurre nada menos que a cinco sinónimos), incitando a los suyos a no despreciar el convite. Aquí el motivo del «jubilus aulae» tradicional en la épica germánica suscita en el lector un eco fúnebre. En cambio, es evidente la búsqueda de un efecto cómico en el uso repetido que el autor de la primera Judit alemana (principios del siglo XII) hace de la rima «Holoferni — gerni» (de buen grado): «¡Holofernes hubiera tan ‘de buen grado’ tomado a Betulia!» «Holofernes, combatía ‘de buen grado contra Dios».
El general asirio aparece en esta obra como «el más malvado de los hombres», como un depredador, que ha enseñado a sus mesnadas a odiar todo rostro humano y a no tener compasión de nadie. Su único fin es ultrajar a Dios. Pero ante la bella hebrea el brutal conquistador se transforma de pronto en un caballero que se siente morir de amor y se declara inmediatamente dispuesto a casarse con ella. En el banquete nupcial, Judit y su sirvienta preparan el vino para los invitados y siguen preparándolo hasta que todos están ebrios y Holofernes debe ser llevado en brazos a su aposento. Así la muerte de Holofernes se emparenta con la de Atila (v.), el cual, según la versión más antigua de la leyenda de los Nibelungos (v.), pereció a manos de Crimilda (v.) mientras dormía en su noche de bodas.
Hijo del siglo XVII y, por lo mismo, magnífico señor de la palabra, que fluye fácil, elocuente y florida de sus labios, es el Holofernes de Della Valle (v. Judit), del mismo modo que el discurso de Judit es todo él un sagaz, mesurado y ambiguo juego de aparentes lisonjas y de sobrentendidas repulsas, y una sutil y solidísima red de expresiones arteras y tortuosas, que bajo la onda armoniosa del verso ocultan la irónica sonrisa de quien tiene ya en la mano la victoria. Aquel que se alaba de haber vencido con su mano «suerte y destino invicto, insuperable a los mortales» y de haber sometido a su voluntad no sólo los cuerpos sino las propias almas, dobla su cabeza, «que ni ante el cielo se inclina», delante de la astuta hebrea que él aspira a convertir de «sierva errante» en «asiría reinante». Tal es el juego, no de una débil mujer, sino de Dios: un juego cuya apuesta es el imperio del mundo.
De aquí que, a las alabanzas que Judit entona al Dios de Jacob (v.), el cual, recordando sus promesas, hiere con su brazo desarmado al fiero enemigo que pretendía destruir la Ciudad santa y el Sagrado Altar, responda, hacia el fin del drama, el trágico coro, que reconoce los luctuosos efectos de la «soberbia voluntad» de los reyes: la victoria y el castigo vistos, como siempre ocurre en los dramas sacros del siglo XVII, «sub specie aeternitatis», o sea sin otro fin que la glorificación del Señor en su «tremenda majestad benigna». En la Betulia liberada (v.) de Metastasio, la figura de Holofernes, rodeada de un vago halo prerromántico, adquiere ya proporciones sobrehumanas. «O se cuenta entre los númenes o no tiene numen alguno», dice de él Aquior. Y aunque pueda parecer arbitrario comparar el drama sacro de Metastasio con la primera tragedia de Friedrich Hebbel, en realidad los gérmenes prerrománticos latentes en la literatura italiana de inicios del siglo XVIII, llegan, al cabo de un siglo, a su completo desarrollo y madurez en la obra del máximo trágico alemán del XIX.
Con un rasgo más: el de que el poeta nórdico, que no olvida jamás, siquiera sea por la sugestión que sobre él ejercieron sus precursores más o menos lejanos— los autores del Sturm und Drang, Kleist, Grabbe—, la primitiva concepción germánica de la vida, se deja llevar inconscientemente por el hechizo de su inhumano héroe, hasta el punto de hacernos sentir en su Holofernes un hermano menor o mayor del Superhombre de Nietzsche. Desvinculado para siempre de la humanidad por el hecho decisivo de no haber conocido a su madre ni haber querido conocerla, mientras el poeta consideraba la maternidad como la más sublime personificación de lo «sacro» y como la inextinguible llama que redime y salva; incurablemente ciego en su clarividencia porque, escrutando y analizando todas las cosas vivas, se ve condenado, como el solipsista moderno, a encontrarse siempre y por doquier única y exclusivamente a sí mismo y a prosternarse en desesperada soledad ante su propio yo como ante su único Dios, pero al mismo tiempo a devorarse continuamente a sí mismo para regenerarse, como el eterno Gusano que en la visión de Jakob Bohme «se engendra y se destruye a sí mismo, y vive en su propio furor y en las tinieblas que él mismo forma»; hipóstasis de la vida, como el germanismo integral, luego de rotos todos los lazos con el cristianismo, debía concebirla: esto es, sin amor y contra el amor, como un perpetuo trabajo de formación y disgregación sin tregua ni meta: en una palabra, el Anticristo.
Inconsciente y ciego instrumento de una nueva ética, la Judit de Hebbel mata en Holofernes al antiguo y siempre nuevo adversario de todo pasado y futuro renacimiento humano del alma germánica. No se olvide que Judit fue seguida de Genoveva (v. Genoveva de Brabante).
C. Grünanger

