Protagonista de la Novela de Blithedale (v.) del escritor americano Nathaniel Hawthorne (1804-1864). El «teatro simbólico» de esta obra es la ochocentista comunidad fourierista americana de Brook Farm, rebautizada con el nombre de Blithedale, y el «drama» simbólico es la adaptación americana de un relato fantástico a la manera de Hoffmann.
El papel de Hollingsworth es el del gran hechicero, obsesionado por la idea de mejorar la humanidad pero absolutamente ignorante de su verdadera naturaleza. Su teórica benevolencia y su ceguera moral causan la muerte de una mujer, Zenobia; pero en virtud de sus fuerzas mágicas, Hollingsworth arrolla a un diabólico mago rival, el doctor Westervelt, sustrayendo a su poder a un ser humano, Priscilla; la humanidad de ésta (y la muerte de Zenobia) le salvan a su vez del «frío monstruo espectral» de sus abstracciones filantrópicas. Como resultado de su final reconocimiento moral de la «historia natural del alma», el poderoso hechicero es transformado en hombre que sufre; el lejano Espectador de la vida humana se convierte en Partícipe, sujeto a la «humana servidumbre». (Estas dos formas de metamorfosis son motivos frecuentes en las obras de Hawthorne).
El personaje teatral que representa esta parte simbólica bajo el nombre de Hollingsworth es un ser sombrío, rudo, macizo e hirsuto, semejante a un artesano rural que «de entre los espesos matorrales de su meditación levanta sus protervos ojos, como un tigre en medio de la jungla». Hollingsworth es un filántropo profesional, dedicado a regenerar a los criminales «a base de apelar a sus más elevados instintos». (El narrador, Coverdale, v., sugiere que más le hubiera valido a Hollingsworth experimentar antes, sobre su propia carne, los instintos inferiores). Considerándose como supremo sacerdote de una nueva religión que debía revolucionar el mundo — una religión de imperiosa benevolencia cuya doctrina es de hecho el instrumento de un poder absoluto — Hollingsworth cree que tan noble fin justifica el uso de cualquier medio, por bajo que sea, para lograr su cumplimiento.
Se une a los miembros de la colonia dé Blithedale, con la esperanza de hacer prosélitos, apropiarse de la fortuna de Zenobia y servirse de la comunidad, en cuanto ésta se halle sólidamente establecida, en provecho de sus propios fines. La descripción que Hawthorne hace de su «monomanía», o sea de su obsesivo afán de poder, de su sujeción a abstractas fórmulas verbales que tienen la apariencia de visiones místicas y del rigor paranoico con que a partir de una premisa falsa es capaz de elaborar una demostración perfecta, podría leerse en el siglo XX como una parábola política, si no estuviera presentada en términos teológicos y dramáticos que excluyen toda intención de aquel género.
El relato, como sus numerosas variaciones en la obra de Hawthorne, es equívoco: la locura de Hollingsworth es moralmente «mala» en cuanto se nutre de las vidas de los demás o quisiera «violar la santidad del corazón humano con su despótica intervención» (v. Chillingworth); es malvada pero también «trágica» en cuanto le aísla de la «magnética cadena de la humanidad» (v. Ethan Brand); y es simplemente trágica en cuanto el hombre es su víctima indefensa, como agente de su fuerza y a la vez impotente siervo de sus necesidades, y no puede evitar ser destruido por el monstruo que lleva dentro de sí. Lo que hubiera podido ser una criatura humana grande y apasionada no es más que el aspecto genético de una casa todavía no habitada.
El error fatal de Hollingsworth, llevado a unas proporciones de pesadilla, es el error de la comunidad utópica: la ignorancia de la «historia natural del alma». Uno y otro truecan la condición humana — que para Hawthorne es una condición del alma creada por los complejos y despiadados principios internos del alma misma, esto es, de su «historia natural» — por un problema técnico, como un problema de ajedrez cuya solución sólo requiere que el buen jugador mueva la pieza adecuada y la coloque en el cuadro preciso. Lo que para Hawthorne es pernicioso en este error es el no darse cuenta de que el alma posee una «historia natural», y que no se puede disponer de la persona humana como si fuera un objeto sin íntimo contenido moral.
Pero Hawthorne sabía que proponía una visión de la vida humana actualmente perdida; y, entre otras muchas, Hollingsworth es la figura simbólica en la que aquél sugirió la naturaleza de aquella nueva especie de hombres — «el Hombre Moderno» — que ya empezaba a aprender a prescindir del hombre.
S. Geist

