Hermano Juan

Protagonista de la «vieja comedia nueva» de Miguel de Unamuno (1864-1936) El hermano Juan, que representa su visión personal del viejo mito de don Juan (v.).

Del prólogo de la obra y de la misma obra se desprende la impre­sión de que Unamuno no ha comprendido a su personaje; para él don Juan puede ser muchas cosas, pero no sabe con cuál que­darse. Sin embargo, sus distintas interpre­taciones de la personalidad del burlador tienen siempre la misma base: la impoten­cia; al contrario de lo que ocurre en su compañero de generación, Maeztu, para quien don Juan representa el poder (v. Don Quijote, don Juan y la Celestina).

En­tre esas varias interpretaciones que recoge Unamuno hay una — la que se refiere a un personaje «teatral» que se está represen­tando a sí mismo — que le permite tratar y renovar, de una forma más próxima a Calderón o Quevedo que a Pirandello, el antiguo tema, tan grato a la tradición senequista española, del «teatro mundo», pa­ralelismo que el protagonista acepta con un total fatalismo: «en este teatro del mundo cada cual nace condenado a un pa­pel, y hay que llenarlo so pena de vida». Este simbolismo de la realidad y la vida excede el plano teatral y hace problema, como en Niebla (v.), la propia existencia del autor; el personaje central de la obra, Juan, pregunta: « ¿Existo yo? ¿Existes tú, Inés? ¿Existes fuera del teatro? ¿No te has preguntado nunca esto? ¿Existes fuera de este teatro del mundo en que representas tu papel como yo el mío? ¿Existís, pobres palomillas? ¿Existe don Miguel de Unamu­no? ¿No es todo esto un sueño niebla?» Juan sabe que está representando un papel, pero también que ese papel ha sido repre­sentado anteriormente por otros hombres.

Él es un personaje paradójico, lleno de vir­tudes y defectos contradictorios. Lo es tam­bién en su lenguaje. Estos contrastes pro­vienen a veces de un fallo del autor: como ocurre en la mayoría de obras de Unamuno, detrás de los personajes, a través de sus palabras, encontramos siempre la poderosa personalidad de su creador. El mismo Juan confiesa su impotencia — «nací condenado a no poder hacer mujer a mujer alguna, ni a mí hombre…»—, la cual lo relaciona con las interpretaciones que señalan en él ten­dencias homosexuales o lo consideran un onanista; pero en Unamuno es, a la vez, un solitario enamorado de sí mismo y un pobre hombre que vive buscándose. La es­pecial grandeza que hay en él proviene — recordemos la relación entre el Amor y la Muerte en las versiones españolas del mito — de una misteriosa atracción hacia «ella», hacia la muerte.

La encontrará al final de «la representación», en el tercer acto de la obra, cuando ya ha abandonado el mundo para refugiarse en un convento. Su vida de impotente representante ha sido inútil, un absurdo. «Vivir es criar», pero él no ha criado ni creado, por eso su único amor lo hallará en la Muerte. Todas estas notas y su prometeico enfrentamiento a Dios — «Soy yo quien tengo que perdonar­le» — es lo que nos permitiría en cierta manera hablar de un don Juan existencia- lista, que momentos antes de su muerte intentará hallar una justificación a su vida: «mi destino no fue robar amores, no, no lo fue, sino que fue encenderlos y atizarlos para que otros se calentasen a su brasa,..». En conjunto, su figura no está lograda, pues, junto a la característica propia de los per­sonajes de Unamuno, que parecen abstraídos y ajenos a la realidad, aquí encontramos el defectuoso dominio de la técnica teatral.

S. Beser