Esposa de Príamo (v.), rey de Troya, y madre de muchos guerreros troyanos. En la Ilíada (v.) figura en el canto VI y en el último, en los episodios en que, suspendiendo la batalla, Homero se detiene en la descripción de la vida en la ciudad asediada y a punto de sucumbir.
En la inminencia de la derrota, el mundo de los vencidos, por quienes el poeta no oculta su simpatía, pasa a primer plano, mientras la historia de la guerra, como sucesión de matanzas y de batallas colectivas, va perdiendo poco a poco su puesto central en la narración. De la oposición entre griegos y troyanos, sostenida por el tema del castigo y de la venganza, se pasa al conflicto entre Aquiles (v.), impulsado por la amistad y el recuerdo de Patroclo (v.), y Héctor (v.), a quien su deber, profundamente sentido y claramente afirmado, de defender su familia y su ciudad, habrá de llevar a la muerte.
En la amplia trama de los afectos familiares de Héctor, se inserta Hécuba en el canto VI. En su breve descanso en la ciudad, Héctor se entrevista sucesivamente con su madre, con Paris (v.), con Elena (v.) y con su esposa y su hijo, Andrómaca (v.) y Astianax (v.). Este canto está ya henchido del presentimiento de la muerte del héroe, y las tres mujeres intentan retenerlo, siquiera sea un instante, lejos de la batalla. Hécuba ofrece vino a su hijo, que no lo acepta y se apresura a volver al combate. Después de estas escenas en las moradas de Héctor y los suyos, ya no se puede pensar en él sin hacer coincidir su suerte con la de su familia y la de Troya entera.
El duelo entre Aquiles y Héctor es la última defensa de la ciudad, tras la cual seguirá su rápida decadencia y la matanza de sus habitantes. Pero Homero no habla de ésta, y se limita a dejarla vislumbrar en el lamento de los troyanos alrededor del cadáver de Héctor, símbolo de la unidad de su pueblo. En lugar de la cruel violencia de la destrucción total, que rompería la propia trama compuesta por el poeta, se apunta sólo el ocaso de una familia enteramente recogida en torno a un solo recuerdo.
En las últimas escenas, que tratan de afectos humanos y no de guerra, hablan y obran las mujeres: Casandra (v.), Andrómaca, Hécuba y Elena. Así Héctor aparece, por última vez, como combatiente, marido, hijo y familiar fuerte y afectuoso. Hécuba le llama el más querido de sus hijos y caro también a los dioses, que le han asistido y han protegido su cadáver, de modo que ella pudiera verlo yacer en su propia casa con el aspecto sereno de quien ha sucumbido a una muerte justa y plácida. Pero otros poetas retrataron a Hécuba en el momento de la matanza. Así, en Las troyanos (v.), de Eurípides, se asiste a diversos momentos de la caída de Troya, y a toda esta tragedia episódica le viene conferida una unidad por la figura de Hécuba presente en todo momento, en la que se reúne todo el dolor de los vencidos.
Viuda y madre que ha perdido a sus hijos, Hécuba se yergue en medio de su miseria para denunciar los delitos de los vencedores, más con palabras de serena condena y de justicia que con términos de odio y maldición. También este drama tiene por principales figuras a las mujeres, y Hécuba manifiesta en algunos momentos un auténtico desprecio sólo por una mujer: Elena. Luego, el odio y las escenas de cruel dolor cesan, en el piadoso recogimiento de las mujeres alrededor del pequeño cadáver de Astianax, que luego los soldados se llevan sobre el escudo de Héctor, mientras Troya es destruida por las llamas. Otra obra de Eurípides, Hécuba (v.), nos presenta, en cambio, la tragedia personal de la madre de Polixena y de Poli- doro (v.).
No se trata ya de la guerra, aunque ésta sirve de fondo a la acción, sino de la nueva e inaudita fuerza que la doble tragedia suscita en Hécuba. Habilidad, abnegación y valor la guían en sus intentos por salvar a Polixena; y una vez duramente herida por la pérdida de su hija, debe conocer aún una nueva desgracia, la muerte de Polidoro, que convierte su dolor en desesperada ferocidad. El delito de Poliméstor ha sido llevado a cabo en una forma todavía más bárbara que los crímenes de los griegos durante la guerra, y esta vez los caminos de la venganza se abren incluso para la soberana, ahora esclava, del reino destruido.
El personaje homérico y euripidiano de Hécuba, reina convertida en sierva y madre privada de sus hijos, se conservó en la tradición poética antigua como ejemplo de la súbita caída en la desdicha y en el más cruel de los dolores.
F. Codino

