Hannele

En la copiosa serie de figuras femeninas dibujadas con hábil trazo por el dramaturgo Gerhart Hauptmann (1862- 1946) la joven Hannele pertenece por un lado al mundo naturalista, mientras por otro se orienta ya hacia una nueva forma mental que, con las debidas precauciones, podríamos llamar simbolista si pensamos en la fortuna que conocía el teatro de un Maeterlinck por ejemplo, cuando Hannele apa­reció en la escena alemana (1893), en una especie de poema fantástico o «Traumdichtung» en dos actos titulado La ascensión de Hannele (v.).

Su fondo, sombrío a más no poder, es de un alucinante realismo. Nos hallamos en un asilo de mendigos, en un pueblo de la montaña; Hannele Mattern, continuamente maltratada por su padre bo­rracho, ha intentado quitarse la vida en una fría noche de invierno. Su maestro de escuela Gottwald, la única persona que, en el desdichado mundo en que vive, ha mos­trado por ella alguna benevolencia, la sal­va. A la realidad se superpone una visión: Hannele reconoce en la figura del maestro de escuela nada menos que la imagen de Jesucristo, mientras que otra aparición, la de su padre, toma los rasgos del Demonio.

Esta superposición se mantiene hasta tal punto que en algunos momentos nos parece asistir a dos acciones paralelas en dos pla­nos distintos. Pero aun dándonos cuenta de la intención del artista, la espontaneidad de la conducta de Hannele no sufre menos­cabo. Las criaturas del sueño hablan cons­tantemente en lenguaje evangélico; así, una figura femenina, que posee a la vez las apa­riencias de la difunta madre de Hannele y de una bienaventurada, dice: «Un poquito y no me verás; otro poquito y vol­verás a verme».

El juego de la superposi­ción en la mente trastornada de la mucha­cha parece aclararse cuando ésta pregunta a la enfermera que aquella noche la asiste: « ¿No es verdad que eres Sor Marta? Pero no, eres mamá… ¿O eres tal vez una y otra?» «Las criaturas del cielo son una sola cosa en Dios». Por estos detalles, aun­que el padre borracho que da muerte a su hija es una vieja figura del teatro hoffmanniano, Hannele se impuso inmediata­mente a la atención de los críticos. En efecto, bajo las apariencias de una joven pobre, modesta y desesperada, es el prece­dente de dos figuras más famosas: la de Rautendelein (v.) de La campana sumer­gida (v.) y la de Pippa en Y Pippa baila (v.) y forma con ellas un tríptico de per­sonajes femeninos, inmersos en un difuso halo simbolista.

R. Paoli