En la historia es el popular poeta dramático de Nuremberg — el mayor centro intelectual de la época de la Reforma alemana —, amigo de Alberto Durero, de Peter Vischer y de otros grandes artistas de principios del siglo XVI y autor de innumerables Fastnachtspiele (v.) sacados de leyendas medievales, de tradiciones populares o de vulgarizaciones de Luciano, en las que aparecen Venus y Tannháuser (v.), Mercurio y Caronte (v.), las almas de los muertos, el diablo y la vejez, etc.
Pero la figura de Hans Sachs ha sido sobre todo introducida como un personaje en el mundo del gran arte por los Maestros Cantores de Nuremberg (v.), de Richard Wagner. En esta obra, Hans Sachs se erige en personificación del «pueblo creador de poesía» en una especie de poética en acción, ensalzadora de la inspiración libre y de la profunda verdad de los sentimientos. Sin embargo, su carácter simbólico no le impide seguir siendo el zapatero-poeta de Nuremberg, frecuentador de las tiendas de otros artesanos, de las hosterías donde la cerveza corre abundante entre las salchichas y el «choucroutte», de los oradores que comentan a San Pablo y de las reuniones donde resuenan los himnos de Lutero.
El pueblo no falsificado es generoso; y Hans Sachs toma bajo su protección al caballero Walter von Stolzing, pretendiente a la mano de Eva y arrastrado por el amor a los puntillosos concursos de «maestros cantores» demasiado fieles a las convenciones e incapaces de comprender el canto que surge de una verdadera pasión, íntimamente enamorado de la bella Eva, Hans transfiere a Walter su pasión, sublimándola en la renuncia a favor de aquel hombre joven y apuesto. Su apoyo a Walter, así como el ridículo en que incurre el rival de éste, Beckmesser, aseguran a aquél el triunfo.
La belleza discreta y bondadosa de Hans Sachs consiste en esta sublimación de la pasión en el canto, en esta gravedad que disimula las lágrimas, no menos que en su delicada y profunda adhesión a su ciudad natal, con su torre pentagonal y sus góticas casitas alineadas en la pendiente del Pegnitz, que animan las canciones de San Juan y las milagrosas leyendas de tantos santos y héroes. L. Giusso

