Personaje del relato que lleva su nombre (v.) y de la poesía «Le premier regret», de Lamartine (1790-1869). Graziella, o el primer amor: «elle fut la première… le premier soupir qui dit qu’on aime» [«fue la primera… el primer suspiro que dice que se ama»].
La más tierna flor de la retórica amorosa da forma y gracia a la muchacha que la poesía de Lamartine, más aún que su propio corazón, amó y cantó. Graziella no es una figura descarnada, sino dulce y llorosa como toda adolescente sentimental, y tal vez parezca falsa a los ojos desilusionados de la madurez; quizás una calcomanía de esfumados colores de rosa sugirió su imagen al poeta, y rosada ha llegado hasta nosotros.
Un poco amanerada como el primer amor, pero límpida, como el primer amor también; inevitablemente efímera y mortal, Graziella ha pasado por todas las vidas dejando impreso su rostro en ellas; pero alguno de los rasgos de su figurita retraída y casi absurda en las páginas del poeta, quedó ligado a un gusto que fue el de nuestros abuelos, en su inconsciente y quizá inocente hipocresía al dirigir sus sueños y sus nostalgias hacia un objeto ideal: la vida sencilla y natural entre mar y cielo, que ya antes personificaran Pablo (v.) y Virginia (v.).
En ella, apartándose de nuevos hechizos, el siglo XIX procuraba esquivar la herencia de marchitas convenciones para abandonarse a la sugestión de otras inéditas y más ventiladas; e Italia, con su paisaje románticamente teatral, es el fondo sobre el cual Graziella, lo mismo que Mignon (v.), se destaca lánguida con sus lágrimas y pasiones y sus amorosos suspiros, como una figura de la que nuestra frialdad quisiera sonreírse pero que, lo queramos o no, sigue encarnando para siempre la poesía. La pequeña napolitana personifica lo imposible, la felicidad terrenal que el primer amor inventa y espera, formándola de aire y de vagos sueños, sobre los cuales sólo la poesía puede construir una encantadora realidad, fugaz pero verdadera como la vida.
G. Veronesi

