[Félix Grandet]. La novela de Honoré de Balzac (1799-1850), Eugenia Grandet (v.) está verdaderamente dominada por la figura del padre de la protagonista, avaro maníaco, retratado con un vigor y una evidencia terribles.
Félix Grandet, tonelero, se va enriqueciendo gradualmente, al socaire de las convulsiones económicas que acompañan la Revolución francesa, hasta convertirse en uno de los hombres más opulentos de su país. Pero su tiránica pasión atormenta a toda su familia: Eugenia (v.), que ha crecido en medio del terror que reina en aquella casa, cuando se enamora de su primo Carlos osa contraponerse a la voluntad de su padre, pero todas sus aspiraciones, e incluso su mismo amor, se quiebran en la desigual lucha.
Y en Grandet, en trance de muerte, el crucifijo dorado despierta un último destello de codicia: signo visible, y casi simbólico, de un alma que ha llegado a identificarse totalmente con su vicio. El viejo personaje del avaro, pasando de la comedia a la novela, logra, después de todas las derrotas que en la tradición le habían abrumado y hecho objeto de irrisión, imponer dramáticamente su clima. En efecto, en Grandet la avaricia se convierte en potencia, y como tal, acaba triunfando y sometiendo a toda la vida que la rodea. Hay en él toda la fuerza del hombre nuevo que se aprovecha brutalmente de un período de trastornos y, a la vez, la actitud estática y universal de su naturaleza inferior: es una máscara que se convierte súbita y terriblemente en hombre.
A semejanza del Rigou (v.) de Los aldeanos (v.), Grandet era un producto de los tiempos nuevos, sin los cuales hubiera probablemente continuado en su tonelería, como Rigou no hubiera dejado probablemente de ser fraile; pero es un producto activo; en rigor, el único factor verdaderamente activo de una época en que la decadencia de las viejas clases dirigentes y el derrumbamiento dé los ideales por ellas representados ha dejado libre paso a las codicias y a las desenfrenadas ambiciones de la gente nueva, que se afirma en nombre de aquel único principio que el pesimismo de Balzac veía convertirse en dominador de la sociedad moderna: el poder del dinero.
Félix Grandet ha cambiado simplemente en vicio y locura la vil pasión que dominaba a toda su época. Pero precisamente su locura le salva, haciéndole acreedor a una vislumbre de simpatía humana en el ánimo de su creador y en el de los lectores. La terrible energía de aquel hombre, proyectada por entero hacia una única finalidad, acaba conquistando al propio Balzac, y el personaje termina grabándose en la memoria, con trazos de auténtica aunque tremenda grandeza. Grandiosa es, en efecto, la escena de su muerte, con la admirable lucidez que conserva hasta sus momentos supremos y con la minuciosa y estoica frialdad con que da cuenta a su hija de todos sus bienes y termina con aquellas terribles palabras: «¡Allá abajo me darás cuenta de todo!»
M. Bonfantini

