Personaje del Orlando enamorado (v.) y del Orlando furioso (v.). Es el primero de aquellos guerreros sarracenos de fabulosa fuerza e indomable orgullo que aparecen en el poema de Boyardo.
Rey de Sericana, con un inmenso ejército atraviesa la India, Persia, Arabia y África hasta llegar a España, para combatir contra el rey Marsilio, a quien auxilia Carlomagno (v.), y, después de un duelo con Rinaldo (v.), interrumpido por la milagrosa desaparición de este último, se pone de acuerdo con Marsilio para invadir Francia. Todos los campeones cristianos y el propio Carlomagno son capturados por él; pero Gradasso no emprendió su gran aventura para conquistar tierras, sino para apoderarse de Baiardo, el caballo de Rinaldo, y de Durindana, la espada de Orlando (v. Roldán), y, si Carlomagno le da el primero y le promete hacerle conseguir la segunda, él libertará a los prisioneros, contentándose con el honor de haberlos tenido un día entero en sus manos.
Carlomagno consiente; pero Astolfo (v.), el más bizarro aunque no el más valeroso de los paladines, desafía al poderoso rey sarraceno y, en medio de la sorpresa de todos, y gracias a su lanza encantada, le derriba, obligándole a renunciar a lo convenido y a regresar a Oriente. Así, la empresa, que hasta su inesperado fin conserva su carácter de maravillosa fábula, no habrá servido para nada. Alrededor del mismo personaje teje Boyardo un nuevo relato en su libro III, haciendo que Mandricardo (v.) le libere de su prisión en el lago del hada y que le acompañe luego de nuevo a Francia; pero el relato de las nuevas aventuras de Gradasso queda truncado por la interrupción del poema.
Gradasso reaparece en el Orlando furioso; pero en la obra de Ariosto ha perdido el halo fabuloso que le rodeaba anteriormente, y no es ya aquel «Gradasso desmesurado», sino un caballero de inmensa fuerza y de gran valor que no rebasa las proporciones, ya que no de la vida ordinaria, de la vida según puede representarse en un poema clásico. Como no manda ya un inmenso ejército, sus hazañas no se distinguen de las de los demás caballeros sarracenos y ni siquiera pueden competir con la grandiosidad de las de Rodomonte (v.); juntamente con Ruggiero (v.) combate contra Atlante (v.) y uno y otro son hechos prisioneros en el castillo encantado; puesto en libertad, es nuevamente capturado por aquel mago y, después de la destrucción del palacio mágico, se dirige a prestar apoyo a Agramante (v.).
Pero en el campamento de Agramante se convierte en un instrumento más de la Discordia, que ha sembrado la división en el ejército sarraceno: Mandricardo se ha apoderado de Durindana, la tan anhelada espada, y a duras penas Agramante obtiene de él que Ruggiero, que tiene otras razones de rivalidad con Mandricardo, se preste a defender su causa. Mandricardo muere a manos de Ruggiero y Gradasso obtiene Durindana; poco después, habiendo encontrado a Rinaldo y reanudado con éste el duelo interrumpido en el Orlando enamorado, se apodera, faltando a la palabra que había dado a aquél, de Baiardo, que se había alejado de los dos guerreros combatientes.
Así, sin gran fatiga, obtiene los dos objetos por los cuales en el Orlando enamorado había trastornado el mundo, y puede regresar satisfecho a Oriente. El buen sentido de Ariosto parece así complacerse en deshacer el encanto de la antigua fábula y despedir con una sonrisa al poderoso rey de Sericana. Pero Gradasso reaparece en el momento más épico del poema y su figura adquiere una grandeza que no había tenido jamás en toda la obra y que es muy distinta de la fabulosa grandeza del Orlando enamorado, ya que es mucho más humana. En efecto, Gradasso se encuentra en una isla desierta con Agramante, que huye de Francia después de la derrota y le aconseja, con nobles palabras, que resista al infortunio y rete a supremo combate a Orlando, ofreciéndose a luchar a su lado.
Y en la isla de Lipadusa, junto a Agramante y a Sobrino, combate contra Orlando, Brandimarte (v.) y Oliveros (v.), da muerte a Brandimarte y, después de perdidos sus compañeros, cae a su vez, sin poder defenderse bajo un terrible golpe de Orlando.
M. Fubini

