Gösta Berling.

Protagonista de la Saga de Gösta Berling (v.), novela de la escritora sueca Selma Lagerlöf (1858-1940). Gósta Berling, el apuesto pastor destituido, el «señor de millares de besos y de tres mil cartas de amor», el genial poeta de fresca sonrisa y de «bellas palabras que sal­pican de polvo de oro la gris uniformidad de la vida», «el más débil y el más fuerte de los hombres», tan violento en el bien como en el mal, que no sabe resistir el hechizo del aguardiente (y entonces «su miserable cuerpo se convierte en dueño absoluto de su alma»), es una criatura de la fantasía de Selma

Lagerlöf, más seme­jante a los héroes de sus lecturas y de sus sueños románticos de niña que a ningún personaje real. En efecto, mientras la crí­tica ha podido identificar a los modelos vivientes de los demás personajes de la no­vela, directamente relacionados con la au­tora o conocidos suyos por referencias, no se ha hallado para Gósta Berling (como tampoco para la señora Ekeby) ninguna fuente de inspiración directa y plausible, a pesar de que hace cien años no debían de faltar en Vármland figuras de pastores beodos depuestos de su cargo por indigni­dad, a quienes no tardaría en rodear un halo más o menos romántico en aquel país en que el vicio de la bebida no debía ser mirado con severidad excesiva.

Gösta Ber­ling es una encarnación ingenua aunque genial, en tono legendario, del poder de la belleza y de la juventud en el mundo; y como tal tenemos que admirarlo en su prestancia física («tenía el rostro dulce como el de un poeta y audaz como el de un condottiero»), en sus aventuras («para él eran bellas las mujeres y dulce el pe­cado») y escucharle cuando está inspirado, ya sea por un amor- divino, ya por un amor humano (y entonces «los pensamientos des­cienden sobre él como un vuelo de mansas palomas»), sin buscar en él una más pro­funda coherencia humana.

A pesar de que es el centro de todos los acontecimientos, ya que de él se enamoran la tímida Ebba y la obstinada Anna, por él deja la casa paterna la brillante e intelectual Marianne y se suicida la loca vendedora de escobas, y él es el responsable del pacto diabólico que convierte a la rica señora de Ekeby en una pobre mendiga, y él es quien logra reavivar la última chispa de humanidad en el viejo pastor de Broby, etc., su figura resulta desfocada y huidiza, y en definitiva es la que tiene menos vida propia: más humanos que él, y aun poéticamente más plausibles son los demás caballeros, desde el fuerte Christian Berg, «alto como una montaña y obtuso como un gnomo», hasta el viejo conquistador de corazones Rutger Orneclou, maquillado como una mujer; des­de el romántico violinista Liliencrona al pequeño y regordete Patrón Julius, de co­razón inocente como el de un niño.

Su con­versión final a una vida de deber y de sa­crificio y su decisión de entrar por último, al lado de su cándida esposa, en el mundo de los hombres responsables, mientras hasta entonces «le había bastado bromear y son­reír para que todo le fuera perdonado», sólo es admisible dentro de la atmósfera legendaria que a su alrededor sabe crear la autora, y sería vana toda tentativa de valoración crítica de ese personaje fuera de tal atmósfera.

A. Manghi