Goliat

[Gōlyath]. Es el gigante filisteo vencido por David (v.) según se narra en el libro I de los Reyes (v.), capítulo XVII. Goliat es una fugaz y efímera aparición en un episodio de las acostumbradas guerrillas entre los pueblos vecinos, y a menudo mez­clados, de los hebreos y de los filisteos bajo el reino de Saúl (v.).

Pero su verda­dero fondo es el fondo vivido e ignominioso de la vileza de las huestes de Yahvé opro­biosamente paralizadas ante la jactanciosa arrogancia del gigante. En rigor, aunque el amor a la patria anima indudablemente la mano del narrador hebreo, Goliat es sobre todo un espadachín fanfarrón, un torpe «miles gloriosus» (v. Pirgopolinices), héroe de escaramuzas triviales, que se vanagloria de su tremendo vigor físico, pero que inmediatamente después de la bravuconería de sus exhibicionistas provocaciones cae en la befa vulgar y en la ironía plebeya. Y los descendientes de los conquistadores de Jericó y de los trescientos héroes de Gedeón (v.) se hallan inmovilizados por el terror que les inspira tan grotesco fantoche.

Evi­dentemente en ellos se ha extinguido la fe de otros tiempos, o la conciencia de sus infidelidades les hace dudar de la segura protección de Yahvé. Pero he aquí que Dios conduce al campamento hebreo a un joven ignorante que ante la vergüenza de sus compatriotas se enciende en indigna­ción: en su ingenua confianza en su Dios, no puede comprender que un incircunciso pueda insultar de aquel modo a las tropas de Yahvé sin que un solo israelita salga por los fueros de éste. Y, resuelto a plan­tarle cara, baja al campo sin más arma que su honda. El gigante, advertido por su escudero de las intenciones del muchacho, se siente humillado ante aquel reto indigno de él, y vuelve a sus fanfarronadas y vitu­perios.

Pero viendo que el joven no se arre­dra, se levanta, dominando con su terrible estatura la humilde figura de David. Ni si­quiera se da cuenta de lo grotesco de la situación: él, cubierto de todas las armas, desde el yelmo a las canilleras y de la co­raza al escudo y a la lanza, mientras su enemigo es un chiquillo casi desnudo cuyos miembros, por contraste con el rutilar de la armadura a los rayos del sol, parecen todavía más desamparados y más frágiles. Pero luego se queda súbitamente embebido contemplando cómo el hábil pastorcillo apli­ca la piedra a la cuerda y con un rápido movimiento de su brazo hace girar infali­blemente la honda sobre su cabeza y dis­para.

Casi ni siquiera se da cuenta de ha­ber sido herido: sólo siente que de im­proviso le abandonan las fuerzas y que sus piernas vacilan. Un momento más, y la pesada cabeza, separada ya del tronco, se halla en las manos del muchacho que la muestra a los ejércitos adversarios, todavía contraída en un gesto de inútil furor. Y así la voluntad heroica de los inermes, si la sostiene una gran fe, puede a veces anu­lar las más altaneras fuerzas que amenazan su libertad.

C. Falconi