Gloria

Protagonista de la novela de su nombre (v.) de Benito Pérez Galdós (1843-1920). Gloria es una joven de 18 años bella, sana y soñadora.

Su padre es un hombre rígido, apegado a la tradición, a quien ni siquiera se le ocurre la posibilidad de que un miembro de su familia pueda tener veleidades heterodoxas. Gloria tiene también un tío, don Ángel, obispo bueno y prudente. Además, vive en un pueblo, ale­jado de las tentaciones mundanas y de toda desviación religiosa. Todo permite suponer, pues, que las cosas seguirán los caminos trillados y fáciles de la costumbre y que Gloria contraerá un matrimonio serio y de­coroso, dando origen a una nueva familia, que será un brote más del tronco de la tra­dición y de la rígida fe católica de sus padres y abuelos.

Pero Pérez Galdós se complace en infundir a sus personajes algo de aquella que él mismo llamó en una de sus comedias «la loca de la casa», esto es, la imaginación. Gloria posee una rica ima­ginación, y sus pensamientos — incluso den­tro de aquella religión a la que tiene tan amoroso apego — aman la independencia y la búsqueda de nuevos caminos. Gloria quie­re saber el porqué de las cosas. Y cuando la respuesta no la satisface por entero, se calla, porque le han enseñado que debe ce­der ante la opinión de un superior, pero en el fondo le queda el aguijón de la duda. Una dura prueba espera a ese cerebro que se obstina en «pensar» y que intenta ex­plicarse por su propia cuenta la creación, la religión, los deberes morales y tantas otras cosas.

Llega al pueblo, precisamente a la misma casa de Gloria, un náufrago, Daniel Morton. Daniel Morton no es cató­lico y toda la ortodoxia del corazón de Gloria tiene que luchar contra la hetero­doxia de su cerebro que halla en el amor un poderoso aliado. Lucha feroz, incansa­ble y durísima, de la cual se resiente gra­vemente el propio cuerpo de la muchacha. « ¿Acaso los que aman no pertenecen a la misma religión?», se pregunta; «él es bueno y yo le amo». Y su alma, ya propensa a pasar por alto, si no precisamente a aban­donar sus deberes religiosos, halla en aquel amor por un hombre de creencia distinta, la ocasión para manifestarse. Desde aquí a la fórmula condenada por la Iglesia: «los hombres pueden hallar el camino de la salvación y de la gloria eterna en el culto de cualquier religión», no hay más que un paso.

El tío de Gloria, el obispo compren­sivo, inteligente y santo, se esfuerza en demostrarle que el catolicismo no es elástico, acomodaticio y fácil, sino el camino único para salvarse. Y Gloria — que pre­fiere su alma a su conciencia — hace un es­fuerzo para doblegarse. Pero el combate está ya iniciado, y la teología no hace más que acompañar o desviar los impulsos amo­rosos de la pareja. ¿Quién deberá ceder, quién abandonará su fe por amor al otro? No será Daniel Morton, pero tampoco Glo­ria. Por el contrario, la voluntad de ésta se robustece cuando se entera que su ama­do es judío. El amor al Cristo renegado por el extranjero le da la fuerza necesaria para renunciar al amor de Daniel si éste no acepta la religión del Crucificado.

Pero entretanto sobreviene un nuevo ser, un nuevo objeto de amor: un hijo, al cual Gloria no puede ver apenas, por razón de la extremada vigilancia de su familia. En la defensa de su nuevo amor, Gloria es todavía más fuerte que antes. No le im­porta lo que ha sido sino lo que será. «To­das las fuerzas de mi espíritu no lograrán jamás convencer a mi pensamiento de que un hijo indefenso deba estar absolutamente separado de la madre que le dio la vida»; ello constituye una nueva manifestación de la lucha entre la razón y el sentimiento, que sirve de eje a toda la novela. «Estoy dispuesta a renunciar a todo, pero no a mi hijo.

Como mujer me desprecio, pero como madre me es imposible hacerlo». En un último arrebato de romanticismo, Pérez Galdós hace morir a sus dos protagonistas, no de enfermedad física, sino de auténtico mal moral. Gloria, destruida, lacerada por la lucha interior entre el amor y la fe, asiste a la falsa tentativa de conversión de su amante, y va a morir a la cabecera de su hijo en su última ilusión de redimirlo con su muerte. La duda, por no decir la herejía, que la persiguió en vida, desapa­rece para dejar lugar a una fe a toda prueba. Muere para que su hijo pueda vivir en la gloria eterna cuando esté ver­daderamente convencido del sacrificio del Nazareno. Corazón y cerebro, siguiendo caminos inconciliables, consumen el pobre cuerpo de la hija de los Lantieua.

F. Díaz-Plaja