En la batalla del canto VI de la Ilíada (v.) se enfrentan Diomedes (v.) y Glauco. Antes de empezar el duelo, Glauco quiere presentarse, ya que, aunque menos famoso que su adversario, no es menos noble que éste, y enumera la serie de sus antepasados.
Así Diomedes descubre que entre sus respectivas familias existe un antiguo vínculo de hospitalidad. El duelo no tiene lugar y los dos campeones se estrechan la mano e intercambian sus armas. Glauco, orgulloso de su estirpe, es un típico representante de la aristocracia griega, altanera y belicosa, que la Ilíada celebra: al enviarle a Troya su padre le ha aconsejado que se esforzara siempre en ser el primero en afirmar su personalidad frente a todos y en mantener la gloria de su casa. Tal es su ideal; pero Homero le ha confiado también una reflexión que habrá de reaparecer varias veces entre los motivos líricos de la poesía griega más tardía: «Como la vida de las hojas, es la vida de los hombres.
El viento esparce las hojas por el suelo, y la fecunda selva hace nacer otras cuando llega la primavera. Así nacen y mueren también las generaciones de los hombres». Esta máxima puede hacer pensar en el rápido destino de gloria y de muerte que aguarda a Aquiles (v.), Patroclo (v.) y Héctor (v.), cuyo próximo fin se adivina ya precisamente en ese mismo canto VI de la Ilíada.
F. Codino

