Giaur

Protagonista del poema de su mismo nombre (v.) de George Gordon Byron (1788-1824), es una encarnación del tipo de «hombre fatal» byroniano y delata cla­ramente su parentesco con el Schedoni (v.) de Ann Radcliffe (1764-1822), del cual de­riva.

El Giaur, que con su pasión ha cau­sado indirectamente la muerte de Leila, esconde su siniestro pasado bajo el sayal de monje. «Torva y no de esta tierra es la mirada que relampaguea bajo su tenebrosa capucha. El destello de aquellos inmensos ojos revela demasiadas cosas de los tiem­pos pasados; aunque su expresión sea mó­vil y dudosa, quien los contemple se arre­pentirá a menudo de haberlo hecho, ya que dentro de ellos está al acecho aquel em­brujo sin nombre que, aunque inefable, habla de un espíritu todavía elevado y no extinguido, que pretende y mantiene su supremacía… El monje medio aterrado, cuando lo encuentra solo quisiera esqui­varlo, como si aquellos ojos y aquella amar­ga sonrisa llevaran consigo el terror y la culpa.

Raramente consiente en sonreír, y cuando lo hace es triste ver que sólo logra escarnecer su desventura…». En él, como en Manfredo (v.), el bien y el mal hallan una espectral alianza, en la que el primero ennoblece al segundo y éste confiere a aquél el hechizo de los grandes ideales vencidos: «el tiempo no ha fijado todavía sus rasgos, y ha dejado líneas puras mez­cladas con otras malignas, y sombras to­davía no desvanecidas, que hablan de un espíritu no totalmente degradado por los crímenes en que se ha visto sumido. El vulgo no discierne otra cosa que la sombra de perversas acciones y un merecido des­tino; el observador más atento puede vis­lumbrar un alma noble y un alto linaje.

Pero, ¡ay!, aunque ambos le fueron con­cedidos en vano — ya que la desventura pudo alterarlos y la culpa mancharlos — tan excelsos dones no cayeron en terreno vulgar y sin embargo ahora la mirada siente casi con miedo su atracción». Carác­ter sin desarrollo, rígido e intenso como un delincuente de museo de figuras de cera, este héroe byroniano que, como se ha di­cho, repite casi literalmente los rasgos de Schedoni, habrá después de dar lugar a numerosas imitaciones en el Romanticismo europeo.

M. Praz