Figura de la «acción en prosa» La Dorotea (v.), de Lope de Vega Carpió (1562-1635), publicada en 1632. De todas las figuras de esa obra tan rica en ellas, es la personificación más consciente de la frivolidad, y, al mismo tiempo, la más desenvuelta, la de más fáciles respuestas, y más avispada que los doctos jóvenes, los humanistas, los estudiantes literatos, los mayordomos, las damas ingeniosas, las doncellas y los criados.
Gerarda teje en medio de todos ellos sus inquietas telas, se complace en tal ambiente y se aprovecha del mismo, mientras la clientela la escarnece y maldice, o bien la acaricia y le agradece su rufianería. Mojigata de la oportunidad, enmaraña y desembrolla los hilos, atiza el fuego y se halla siempre en todas partes, sin entrometerse en el camino de nadie. Cuando en su embriaguez delira y vacila, sin discernimiento, llorosa y cínica, rebosante de proverbios, versículos de la Biblia, latinajos y procacidades con incoherente parloteo… ello se debe a que husmea la presa, cual un felino. Por la soltura de su lengua y por su ingenio supera a todos los modelos literarios anteriores, desde las famosas alcahuetas de la Antigüedad hasta las del Renacimiento (v. Trotaconventos, Celestina, Brígida Vaz, etc.).
Con el fin de que pueda producir en el observador el efecto de una mera figura, Lope, con una gracia genial, le ha ahorrado toda clase de culpa y tragedia. Sus víctimas y sus clientes difícilmente se hubieran comportado, sin ella, de otra forma. Por muy reprobable que sea su conducta, nos damos cuenta de que, si bien se mira, no perjudica a nadie. En torno a ella no vemos ninguna virtud que se mantenga todavía en su fragilidad. Como aquellas pilastras o columnas originariamente destinadas a soportar grandes pesos pero convertidas luego por una arquitectura refinada en elementos orgánicos decorativos, Lope ha hecho de esta figura algo esencialmente más libre y, por así decirlo, más espiritual que su modelo inmediato: la Celestina de Fernando de Rojas.
Y, en lugar de responsable de toda desventura y alentadora del pecado, aparece como característica de todo desorden y protectora de la frivolidad general. Así, en vez de hacerla morir como una bestia malvada, Lope le destina un fin sereno. Tras haber hecho pasar hasta la saciedad a la vieja momia por hogares decentes, prostíbulos, templos, hospitales y tabernas, la hace perecer, inesperadamente, mientras realiza una pequeña pero verdadera obra de caridad. Nublada por la embriaguez, corre, compasiva, con un vaso en la mano a buscar agua para Dorotea (v.), que yace desmayada, y también… en busca de vino, y cae por la escalera de la bodega.
Muere con los cabellos en buen orden y el cráneo hendido; el vaso permanece intacto en su mano, cual si fuera una santa. Celia, la impertinente doncellita, le improvisa, entre irónica y conmovida, la oración fúnebre: «¡Dios sabe cuán grande es mi pesar! Descansa en paz, profesora de amor, Séneca de las citas, consejera del solicitar, consultora del dar, la mejor entendida del mundo en los manejos de las mujeres y en el desollar a los hombres». Por muy infame que Gerarda fuera, a la luz alegre de la obra aparece, en el fondo, como todos los seres amasados con tierra: cual una inofensiva y ciega criatura.
K. Vossler

