Genoveva de Brabante

Sigue sien­do todavía una de las grandes figuras trans­mitidas por la leyenda a través de los si­glos, interpretada y embellecida sucesiva­mente por el arte.

Hija del duque de Bra­bante y esposa del conde palatino Federico Sigfrido de Hohensimmern, junto a Tréveris, aparece en la literatura popular del siglo VIII con los mismos atributos esen­ciales que para siempre acompañarán su nombre: abrumada por el dolor de verse calumniada y desterrada durante seis años en medio de un bosque. El jesuita Cerisiers (1638) elabora la leyenda y da a Genoveva el título de santa; el capuchino Martín von Kochem (1712) refunde el relato y lo am­plía.

Luego lo recoge el drama, y aparece el Golo y Genoveva, de Maler Müller (1749-1825), en el que el autor despliega sus cualidades pictóricas presentándonos en perspectivas llenas de dolorido a Genoveva en el bosque, vestida con pieles y bejucos. También Ludwig Tieck (1773-1853) repitió el tema en Vida y muerte de Santa Geno­veva (v. Genoveva de Brabante): ésta es ca­lumniada y desterrada al bosque; sin embar­go, la piedad, la miseria y la ión final de Genoveva sirven sobre todo a Tieck para ofrecernos un cuadro de la vida me­dieval: sobre el fondo de los sufrimientos de los cruzados, la representación del mi­lagro y del martirio, y el auxilio provi­dencial de la gracia.

La Genoveva (v.) de Friedrich Hebbel (1813-1863) logra hacer humana y palpitante la mencionada figura. También en dicho drama es ésta la víctima y la santa; su esposo, al que la une un amor intenso, ha partido, y en su gran castillo del Palatinado la condesa se encuentra sola, entre toscos servidores, un cuerpo de guar­dia embriagado y dos viejas regañonas: Ca­talina, su camarera, y la de su hermana, la hechicera Margarita. Su esposo, al par­tir, no le dejó más que a una persona en quien pudiera tener confianza: Golo, su joven pariente, caballeroso e idealista, valiente y apuesto. Éste, empero, ha descu­bierto algo para él terrible en el momento del adiós de los cónyuges: su señora, la mujer sin tacha e inaccesible, es también apasionada y ardiente, capaz de dar y reci­bir todas las dulzuras del amor. Tal reve­lación ha trastornado al joven, y encendido en su interior el terrible fuego del deseo, que, implacablemente, le inflamará y en­venenará el alma.

Y así, intentará seducir a la castellana, a pesar de que no ve seguro su éxito: «Ni siquiera con el pensamiento sabe consumar la culpa». Dice también Margarita: «Es cual un cristal dentro del que ardiera una llama clara, luminosa y pura… Diríase creada para que al oírla y verla nos avergoncemos de nosotros mis­mos». Erguida e inmóvil como un lirio, Genoveva resiste, en efecto, la seducción; ni la angustiada súplica del joven consigue conmoverla: «¡Apártate! Y si no puedes respetar a la mujer, sabe, por lo menos, que soy madre». Encerrada en la cárcel, da a luz en ella a su hijo, Schmerzenreich («repleto de dolor»), y nada hay más emo­tivo que su pasión y su solicitud materna.

Sin embargo, la nueva de que su Sigfrido, que ya ha regresado, la cree culpable y la condena sin ni siquiera querer verla, vence y supera todo su dolor. «¡A él me había manifestado enteramente, desnuda hasta el fondo del alma, cual me ve Dios! Ahora empieza, en verdad, mi desventura». No tiembla ante la muerte; en la caverna, en lo profundo del bosque, y alimentándose de raíces y de la leche de una cierva, vive durante seis años con el niño, que crece bello e intrépido, y a quien ella enseña a rezar todos los días: «¡Y perdónanos nues­tras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores!» Cuando de nuevo el marido la encuentra, inocente, éste se halla envejecido, y los cabellos le blanquean ya sobre las sienes; Genoveva, empero, sigue amándole con el antiguo amor. «Bésame, pobrecito; que tú, ciertamente, no habrás besado a nadie más desde que tanto tiem­po ha me dejaste.

A mí, en cambio, me quedaba el pequeño». Presiente que no va a vivir ya mucho: «Una criatura humana no puede resistir tanto. Sólo una semana de felicidad te pido, Señor. Luego, llámame, que estoy a punto». Muchos críticos han creído encontrar en la Griselda (v.) de Boccaccio una variación de Genoveva de Brabante; iguales son, en realidad, el amor fiel al esposo, la sumisión angélica y la resignación sobrehumana, aun cuando dis­tintas las circunstancias.

B. Allason