Gaucho

Personaje de la literatura po­pular argentina, el gaucho, como todas las figuras trasladadas de la vida al arte, posee los rasgos indefinidos e impersonales de la multitud.

Producto de una cultura deca­dente y provisional como la del conquista­dor español, la violencia y el amor a la libertad constituyen la única herencia que conserva de sus antepasados. Es el hombre que se ve obligado a contar consigo mismo, el desheredado (en lengua quechúa el vo­cablo «gaucho» significa huérfano o bas­tardo), e inicia lo que los argentinos lla­marán «el culto nacional al valor». Duran­te todo el período colonial, sus aventuras aparecen vinculadas a su jornada terrena: soledad, lejanía y una vida extraña y sal­vaje. El gaucho cabalga por el verde de­sierto de la pampa tras las manadas de caballos bravíos, y su paso queda marcado por las grandes hecatombes de ganado bovino: sobre las montañas de sus huesos se edificarán posteriormente las ciudades.

El tiempo que la caza de los bueyes y la doma de los caballos cogidos con el lazo le deja libre, es empleado por el gaucho en el «rodeo», el torneo caballeresco en el que triunfan sus habilidades de domador de estos animales, o en la «payada», certa­men poético en que, competidor de otros cantores y sentado a la sombra de la ca­baña sobre las raíces de un «ombú» o el cráneo de un caballo, improvisa en la gui­tarra sus canciones que el viento se lleva. Ésta es la edad de oro del gaucho, cuyo dominio sobre la pampa se ve apenas ame­nazado por la guerra contra los indios, que acechan en el horizonte el momento pro­picio para caer sobre los «ranchos» solita­rios, dar muerte a los ancianos y niños y apoderarse de las mujeres.

Organizada la república con la misma sangre del gaucho derramada en las luchas civiles y en la guerra contra el invasor, empieza la deca­dencia de aquél. El Estado se erige en due­ño de la pampa, y la igualdad de la ley para todos atenta al derecho consuetudina­rio del gaucho. En la tierra de nadie sur­gen las vallas que circundan la propiedad del «gringo», es decir, del inmigrado, que guía el arado y no el caballo.

Coger las cosas de los demás se convierte en abigeato o en robo, y el caballeresco duelo judicial con el «facón» se llama asesinato. El gau­cho se ve acosado en todas partes por la civilización mecánica que aventa la leyenda y el romanticismo de los tiempos bárbaros. Llegada la hora de su drama, se transfor­ma en héroe trágico, y asume un nombre: se llama Santos Vega (v., y v. el poema así denominado, de Rafael Obligado, 1851-1920); es el libre e inspirado poeta de la pampa, y muere vencido en la «payada» por un cantor superior a él, que, según algunos, representa a la inmigración, y, para otros, es el diablo en persona.

Su nombre es tam­bién Juan Moreira (v.); la arbitrariedad de la justicia le obliga a convertirse en forajido, bandolero de honor. Puede asi­mismo llamarse Pastor Luna, Juan Cuello, Hormiga Negra, y sigue siendo el gaucho enfrentado con las autoridades civiles, su­perado por la violencia, pero siempre in­dómito y apasionado. Llámase, finalmente, Martín Fierro (v., y v. el poema de este nombre, de José Hernández, 1834-1886); al lado mismo de una civilización que da sus primeros pasos, expresa el anhelo hacia la vida salvaje y el origen libre del hombre.

La última encarnación del gaucho es el don Segundo Sombra (v.), de Ricardo Güiraldes (1886-1927), aun cuando se trate de una existencia retrospectiva, ennoblecida por la leyenda y la poesía. En adelante, el personaje está ya lo suficientemente ma­duro para convertirse en símbolo nacional y encarnar, en nuestra época dominada por la máquina, la nostalgia de los tiempos bárbaros y heroicos. Luego, el ingenuo fer­vor de las multitudes orientará al personaje hacia la luz lunar de la pantalla cinemato­gráfica.

C. Capásso