Protagonista de la novela El gran Gatsby (1925), del escritor americano F. Scott Fitzgerald (1896-1940). Toda una generación de americanos ve en él la imagen de su convulso malestar; la que de aquélla procede, en cambio, reacia a reconocer como su legítimo origen una entidad moral tan inquietante, ha tratado de sepultarle en los límites del pasado histórico.
Sin embargo, Gatsby define rasgos mucho más importantes de un paisaje moral americano, cuyos contornos aparecen ahora menos claros, únicamente por cuanto están sofocados por la vegetación. A los treinta y dos años, Jay Gatsby es un misterioso y elegante millonario, que posee una fantástica mansión cerca de Nueva York. A los diecisiete es James Gatz, hijo de un pobre campesino sin recursos de la parte centro- occidental del país. La imaginación del muchacho se forja un «universo de inefable esplendor», en el que «Jay Gatsby» aparece como héroe fascinador. Prosigue su sueño con su traslado al Este; se une a un millonario y se enamora de una rica muchacha del Sur, Daisy («la hija del rey, la joven de oro… segura y orgullosa por encima de las ardientes luchas de los pobres»).
Logra hacer fortuna como traficante clandestino; Daisy le es arrebatada por otro, y trata de reconquistarla; y, por su constante fidelidad a un sueño desprovisto de todo contenido y a una ilusión sentimental, hace pedazos ambas quimeras, así como su propia vida. No sólo desde el punto de vista geográfico Gatsby procede del Oeste: se trata de un descendiente espiritual del Natty Bumppo (v.) de Cooper, que, alentando «el último y mayor de todos los sueños humanos», habíase refugiado en Occidente a causa de la violación de la verde tierra virgen, y, en su retirada, se había llevado consigo la sacra imagen de un mundo nuevo en el que el hombre se hallase, «por última vez en la historia, frente a frente con algo que correspondiese a su capacidad de admiración».
Atravesado el continente y alcanzada la costa del Pacífico, la imagen se hunde en el charco de la mente común, donde se convierte en ilusión de recobrar lo que se ha perdido ya irremediablemente; y Gatsby se dirige hacia Oriente, y trae a su regreso una capacidad de maravilla que no tiene de que alimentarse, a excepción de los oropeles que el dinero de un contrabandista puede adquirir. Bajo la depravada partida que debe jugar para realizar su sueño, la inocencia de éste permanece incorruptible. Su «extraordinario don de esperanza» y su «prontitud de imaginación» hacen que sea el único de los personajes del libro que se salve del horror y del asco del narrador occidental: «había en él algo asombroso, cierta fina sensibilidad a las promesas de la vida».
Sin embargo, el sueño de Gatsby refleja sobre su inmaculada, resplandeciente y cóncava superficie las grotescas deformaciones del mundo que le rodea; su aislamiento en la sociedad americana refleja la soledad moral de los «intrusos» que la constituyen. En su enorme y fantástico palacio, erigido en uno de los suburbios habitados por los nuevos ricos cual una tienda de circo ambulante y separado de la ciudad por «un valle de cenizas», da grandes y fastuosas recepciones, a las que asiste, sin haber sido invitada, la caótica muchedumbre de la ciudad: individuos de cualquier clase y condición que sólo tienen de común su agitada disociación moral de animales que ignoran serlo, y que asimismo desconocen los movimientos de su cuerpo y la jungla en que viven.
En el prado de Gatsby, sus rostros, sus voces de borracho y sus figuras vacilantes giran vertiginosamente con las luces artificiales en un fantasmagórico carnaval en el que aparecen mezclados por una noche todos los siglos, países, costumbres y máscaras. Sin embargo, ello dura mucho más: no se trata del orgiástico desahogo ritual tras la lógica formal del año — no es un Martes de Carnaval ni una Noche de Valpurgis —, sino de la vida misma de aquél y del siguiente.
La misteriosa figura de Gatsby inspira sus extravagantes y fantásticos pensamientos, en los que reside la desesperada esperanza de que alguien o algo, en un universo donde yacen esparcidos sobre una yerma llanura los desordenados restos de un naufragio, tenga significación, consistencia y lógica, se halle enraizado en cualquier pasado histórico, sea, en fin, «real». No obstante, Jay Gatsby es la figura de la mascarada de un muchacho, y su casa una «enorme e incoherente bancarrota». Y cuando, desgarrado ya por el hundimiento de su sueño, el héroe es muerto por un disparo, la vacía mansión engañadora — casa de Gatsby y de la ilusión americana de James Gatz — se convierte en una vacua tumba sobre cuyos inmaculados escalones blancos ha garabateado un muchacho una palabra obscena.
S. Geist

