García del Castañar

Protagonista del drama Del rey abajo, ninguno (v.), del español Francisco de Rojas Zorrilla (1607- 1648). La figura del vasallo que lucha entre la necesidad de defender su honor y el respeto al monarca es una imagen muy corriente en el teatro español del siglo XVII.

Sin embargo, García del Castañar destaca, quizá, por la intensidad de los contrastes, y la decisión con que el personaje resuelve su conflicto. Campesino que vive contento con su suerte, García, de­bido a la generosidad con que ha ayudado al rey en la guerra contra los musulmanes, recibe el inesperado honor de la visita del monarca, que desea recompensarle: «Ven a la capital, y tendrás allí un cargo». «Y preocupaciones», responde García, quien, así, permanece en su rincón — que él mis­mo evoca líricamente con acentos propios del «Beatus ille» — al lado de la esposa que ha escogido tras haberse asegurado cuidadosamente de su origen noble; por cuanto — y ésta es una tremenda confe­sión de indiferencia propia del siglo XVII — «como es justo, primero me preocupé de la ‘opinión’, y luego del placer». «Opinión», o sea fama y reputación, todo lo cual aca­bará por unirse al «qué dirán» de la gente.

Y así, la preocupación de la consideración pública y del honor ahoga casi a García cuando encuentra, junto a la alcoba de su mujer, a un hombre que, por sus distin­tivos, juzga ser el rey. Surge en su interior el cruel dilema: «Honor y fidelidad, ¿qué camino escoger?» Y, tras haber dejado partir al ofensor, por cuanto no ve la po­sibilidad de luchar contra el monarca, cria­tura divina, ni de esperar que cambie de idea, resuelve el problema intentando la muerte de su esposa, de la que, por otra parte, no duda en absoluto. «Muera Blanca, que es causa de mi deshonor. Entre ambos males, elijamos el menor».

Y repite la ex­clamación que también podemos oír en boca de Peribáñez (v.): «Desgraciado del villano que casó con mujer hermosa». Esta tortura derivada de la imposibilidad de ven­garse del rey, y que le hace maquinar la muerte de su esposa y luego el suicidio li­berador, se cambia en voluntad decidida cuando descubre que quien atentó contra su honor no era precisamente el monarca, sino otro caballero. Y así, mata a éste sin vacilar, y expone arrogantemente al rey, que acaba de llegar, la justicia de su acción: «Aunque sea hijo del sol, / aunque de tus grandes uno, / aunque el primero en tu gracia, / aunque en tu imperio el segun­do… en tanto que mi cuello / esté en mis hombros robusto, / no he de permitir me agravie, / del Rey abajo, ninguno». Curiosa excepción que — bien entendido — jamás aceptaría (y por ello buscaba salvación en la muerte) una satisfacción rtesana, pero que le impide atentar contra la vida de quien representa, en la España del siglo XVII, a Dios en la tierra, y, por ello, le ata de pies y manos.

F. Díaz-Plaja