Ganelón de Mayance

Es éste uno de los pocos personajes del mundo de las leyendas caballerescas francesas que, en vez de enriquecerse con sucesivas aporta­ciones, van empobreciéndose progresiva­mente y tienden a convertirse, de personas vivientes, en una máscara, en un símbolo cada vez más abstracto, o en un mero nom­bre.

En el Cantar de Roldán (v.), donde aparece por vez primera, Ganelón de Mayance es un paladín a quien la natural inclinación de su espíritu hacia la perversidad se halla muy lejos de arrebatarle cierta grandeza heroica. Aun cuando traiciona a Roldán (v.), su acto obedece a un motivo preciso, a una provocación que, en aquel mundo de personajes enteramente de una pieza, de pasiones violentas e irreflexivas, puede hasta cierto punto servirle de ex­cusa. Padrastro de Roldán, esta circunstan­cia es por sí sola suficiente para dar a entender que entre ambos orgullosos per­sonajes no existen, como es natural, bue­nas relaciones.

Cuando se trata de escoger a un embajador para dar una respuesta a las propuestas de negociación formuladas por el rey Marsilio, Roldán, probablemente sin pensarlo mucho, sugiere a Carlomagno (v.) el nombre de su padrastro Ganelón, y el emperador tiene en cuenta la idea. En tal sugerencia, el escogido ve una perfidia, la voluntad concreta de su hijastro de ex­ponerle a un peligro mortal. De ahí su odio y la decisión de vengarse, que halla fácil ocasión en las astutas lisonjas del mensajero del rey árabe, Blancandrino.

En realidad, empero, Ganelón se propasa, y pone de manifiesto la instintiva maldad de su carácter: cegado por la sed de vengan­za y por la herida hecha a su orgullo des­mesurado, no vacila en complicar en su criminal proyecto las mejores tropas del ejército de Carlomagno, con lo cual con­vierte una vindicta privada en una horrible traición. En aquel momento, sin embargo, y casi contra su voluntad, aflora, de sus capciosos procedimientos de felón, una no­ble arrogancia de valiente; su porte ante Marsilio, en medio de aquellos feroces ad­versarios, se mantiene altanero y desde­ñoso: cuando oye elevarse del séquito del rey palabras amenazadoras, se limita a sa­car un palmo la espada de la vaina, cual si quisiera comprobar si ésta podrá des­envainarse fácilmente, da dos pasos hacia atrás y apoya su espalda en el tronco de un pino, gallardamente inmóvil sobre sus piernas, con el busto erguido y mirando fijamente con ojos centelleantes.

El hecho de que un hombre semejante, que mantiene aún vivos los impulsos de su natural no­bleza, pueda luego volver tranquilamente al lado del emperador abandonando a Rol­dán y a sus huestes a la pérfida emboscada de los enemigos, y trate más bien de di­sipar las sospechas de Carlomagno cuando éste oye en los valles el lejano eco del cuerno de caza de su sobrino, únicamente podrá extrañar a quien no considere que el verdadero pecado de Ganelón es la sober­bia: en adelante, Ganelón se halla preso en su propia decisión, y está resuelto a hacer sufrir a los demás todas las conse­cuencias de ella, así como a enfrentarse personalmente al inevitable castigo con la cercana e ignominiosa muerte que cierra su destino.

No obstante, este personaje tan grandioso en su simplicidad va, en cambio, agotándose poco a poco en la tradición literaria sucesiva. La interpretación más exactamente cristiana de su contraste con Roldán (cual puede comprobarse ya en el Ruolandes Liet alemán, v. Cantar de Rol­dán) le empobrece, en vez de enriquecerle, por cuanto le convierte sencillamente en el símbolo de las fuerzas demoníacas del mal en lucha contra el héroe bueno y san­to. Luego, con la florescencia de los poe­mas posteriores, y hasta el Orlando ena­morado (v.) de Boyardo y el Orlando fu­rioso (v.) de Ariosto, Ganelón pasa a ser únicamente la proverbial imagen del trai­dor, indispensable para sacar adelante un relato más o menos artificioso y dramático, y todas las versiones de este personaje he­redan su odio contra Roldán y sus congé­neres o partidarios, y le concretan como traidor por definición, cuyas tendencias e inclinaciones no se intenta ya siquiera jus­tificar.

M. Bonfantini