Protagonista de la novela de este nombre (v.), del padre José Francisco de Isla (1703-1781). Fray Gerundio, cuyo nombre evoca su afición al lenguaje rotundo y entreverado de ciceronianos gerundios, es hijo de una tendencia didáctica de estilo muy español.
Es el don Quijote (v.) del púlpito, por cuanto la obra quiso ser y fue, contra la charlatanería culterana de la oratoria sagrada contemporánea, lo que el Quijote (v.) había sido contra los disparates de los libros de caballería. Los extravagantes floreos de la retórica del siglo XVII habían ya servido de blanco a los dardos de Los mismos poetas barrocos, como, por ejemplo, Quevedo, Lope, Calderón, etc.; no obstante, su sátira se había mantenido entre los límites de la caricatura verbal. El padre Isla, en cambio, concentra los matices ridículos en la figura del predicador culterano, con una violencia que a menudo no consigue hallar el equilibrio.
Fray Gerundio, quien «aún no sabía leer ni escribir y ya sabía predicar», aparece en esta sátira con la enorme fuerza de un «pícaro». Nacido con el don de un ingenio despierto y agudo y con una capacidad dramática que hacen adivinar en él a un gran orador sólo porque llama «polca» a su madre y repite los discursos de los frailes que se sientan a la mesa de su padre, el autor se divierte narrándonos cómo su educación en determinado ambiente cultural va deformando ya desde la cuna estas disposiciones y cómo su primer maestro, el Cojo de Villaornate, empieza a viciarle ya desde el abecé y le enseña de una manera absurda las primeras letras. Luego, el pedante «dómine» de gramática le embrolla con su «latinorum», y, finalmente, los escolásticos del convento, con sus «ergos» y sus «distingos», acaban de hacer el resto, aun cuando sin quitarle su natural inspiración, que ejercita en juegos de manos en perjuicio de la cocina y la despensa.
Fray Gerundio se halla entonces a punto para recibir las enseñanzas de fray Blas, predicador mayor del convento, quien le acoge con simpatía y le enseña las reglas de la oratoria. La primera de ellas aconseja una selección de textos sacros y profanos con el fin de poder mechar los sermones más sencillos; la segunda sugiere fundamentar en la autoridad de los Santos Padres y de los Doctores de la Iglesia tantos pensamientos como acudan a la mente, «puesto que nadie irá a confrontar la cita»; la tercera dispone que «los títulos o temas del sermón sean siempre originales, por su sonoridad, su espíritu, su carácter caprichoso o por cualquier juego de palabras», como, por ejemplo, algunos que cita: «Gozo del padecer en el padecer del gozar», «Luz de las tinieblas en las tinieblas de la luz», etc.; dice la cuarta regla: «el estilo sea siempre cerrado, ampuloso, erizado de latín y griego y altisonante».
Ayudado por estas normas, fray Gerundio se convierte, naturalmente, en un gran predicador, y muy pronto llega a superar a su maestro. Así, en el elogio fúnebre de un escribano, alaba las letras del difunto por la velocidad con que las escribía, sus armas por el cuchillo que le servía para sacar punta a la pluma, y así por el estilo. El tipo del predicador que sigue una moda fatua y se aleja deliberadamente de toda norma y lógica aparece en la sátira tan vivamente caricaturizado, que el nombre de fray Gerundio pasó a ser la denominación proverbial del orador extravagante.
C. Capasso

