Francisco de Asís

[Francesco d’Assisi]. San Francisco, cuya «mirabilis vita» res­plandece perdurablemente con austera cla­ridad en el canto XI del «Paraíso», no es un personaje a quien Dante encuentre en su camino.

No nos sale al paso, ni adquie­re forma y voz, ni aparece en la escena del 1300, sino que permanece ambientado en su tiempo y en su historia, en la que habla con suprema elocuencia; es la gran fuerza que, siguiendo los pasos del Señor, ha venido a llevar por segunda vez la re­volución a la tierra. Junto a la historia de Santo Domingo, expuesta por el francisca­no San Buenaventura, el dominico Santo Tomás narra, en el cielo del Sol, la de San Francisco; en estos dos cantos, Dante ensalza las dos grandes órdenes a las que Dios ha encargado la restauración del mun­do y la reprobación de los vicios contem­poráneos.

Aun en el Paraíso, los ojos de Dante se hallan puestos siempre sobre esta su tierra que tanto amara y donde con intenso dolor veía corromperse, debido a la miserable ambición de los bienes falaces, el orden dispuesto en ella por la Providen­cia; centro de todos los deseos de su co­razón, lo canta en la tercera parte del poe­ma, presentándolo como ejemplo a todos los hombres de su tiempo. Así, el can­to VI ensalza el Imperio, el XV a la antigua y sobria Florencia, y San Pedro rememo­rará la santa vida de la Iglesia primitiva. Sin embargo, esta vez, Dante se enfrenta, en su canto del pasado, a una poderosa personalidad, a una figura que es la misma alma y el centro de ese tiempo ideal y sin mancilla, y la escoge como eje de su poesía.

El canto XI del «Paraíso» es el re­sultado de este encuentro entre dos hom­bres de tan elevada estatura. Y tanto más el espíritu de Dante se sentía atraído hacia Francisco cuanto que éste personificaba lo que para él había en la tierra de más precioso y mayor falta hacía a su mundo corrompido: el desprendimiento de los bie­nes caducos, la «riqueza sin codicia», la libertad feliz del corazón. Y sobre el único motivo de la pobreza hace girar Dante toda su disquisición. Ya desde el principio del canto resuena el tema de Francisco, al contemplar Dante, desde la libertad de que disfruta en la parte superior del Paraíso, el ciego anhelo de los hombres: «¡Oh, in­sensato afán de los mortales…!».

Responde, a la fuerza de estos versos, la admirable ligereza de los seguidores de Francisco y el cándido fervor por él irradiado: «De tal modo que el venerable Bernardo / fue el primero en descalzarse, y corrió en pos de tanta paz, / y aun corriendo le parecía llegar tarde. / ¡ Oh riqueza ignorada, oh fecundo bien! / Se descalza Egidio, se des­calza Silvestre…». Nadie puede dejar de sentir en estos versos puros los suspiros de Dante, que suben desde las profundidades de su vida entera. El poeta, empero, hace resaltar dramáticamente sobre este fondo sereno la figura del Santo, que asume todo el peso, toda la conciencia y toda la soli­taria desnudez de tal aislamiento. En el hecho de haberlo sabido comprender así se nos manifiesta la medida de la grandeza de Dante, digna de su tema.

La historia de Francisco aparece expuesta sin ornamenta­ciones, escueta, mera secuencia de austero lenguaje de los episodios tradicionalmente narrados por las diversas vidas del Santo. Recogen su esencia cuatro momentos principales, cuatro tercetos. Por dos veces. se yergue la figura del Santo ante su padre y ante Inocencio, y en ambas lleva el dis­tintivo soberano de una dura y aislada gue­rra. Sin embargo, en los dos momentos últimos, el de la estigmatización en el monte Verna y el de la muerte en el suelo de Asís, el San Francisco de Dante adquiere una vida definitiva. En ellos ya no hay más que soledad y silencio; la «áspera roca» y la tierra desnuda son cuanto posee Francis­co en este mundo, extrema y cruda pobre­za que, no obstante, le circunda como a un rey; allí recibe del mismo Cristo la corona, y de allí parte para ascender a su reino: «De su seno el alma preclara / quiso salir, para volver a su reino, / y no otra sepul­tura desea para su cuerpo».

Dante interrum­pe la historia, sin hacer comentario alguno. Nada más necesita quien no quiso tener necesidad de nada. Y ahora puede ya com­prenderse por qué Dante no presentó a Francisco bajo la forma de un personaje con quien poderse encontrar y conversar. No podía ya hacerle regresar de la roca del Verna o del desnudo suelo de Asís.

A. M.a Chiavacci