Filoctetes

Héroe de la mitología griega, hijo de Peán y de Demonasa, guerrero que participó con su ejército en la expedición de los griegos a Troya; Homero le recuerda en la Ilíada (v.) y la Odisea (v.).

Los poemas del Ciclo épico griego (v.), las Ciprias (v.) y la Pequeña Ilíada relataban su abandono en la isla de Lemnos por los griegos, que no podían soportar el hedor de una llaga que le había causado la mordedura de una serpiente, y la expedición dirigida por Dio- medes (v.) para volverle de nuevo a Troya cuando el vate Heleno había afirmado que su presencia era necesaria para la toma de la ciudad. Cada uno de los tres grandes trágicos griegos: Esquilo, Sófocles y Eurí­pides, encontró en la leyenda de Filoctetes argumento para una de sus tragedias, pero, por desgracia, sólo ha llegado hasta nos­otros el Filoctetes (v.) de Sófocles, en el que la figura del protagonista se halla en un escultórico aislamiento, estática en la desesperación de su dolor y de su deseo de venganza.

La forzada soledad de diez largos años no ha embotado los sentimien­tos humanos de Filoctetes, antes bien, al borrar en él cuanto hubiera de formulismo externo, parece haberlos hecho más pro­fundos; gradualmente, las escasas escenas de la tragedia van poniéndolos de relieve, pero no porque provoquen en su ánimo nuevos afectos, sino, sencillamente, por cuanto le ofrecen ocasión de manifestar — y mucho más conmovedoramente des­pués de su forzado y tan largo silencio — cuáles son sus sentimientos constantes y sus fines vitales. Sin culpa por su parte, Filoctetes ha sido víctima de la desventura más atroz; fuerte, valeroso y sediento de gloria, sólo puede servirse de su arco infa­lible, para procurarse los indispensables medios de subsistencia, y, enamorado de su tierra, se ha visto alejado de ella cuando mayores cuidados requería.

Sin embargo, la desgracia no ha hecho decaer totalmente su ánimo; al ver rostros humanos y oír palabras griegas se enternece, y ante la nueva de la muerte de Aquiles (v.) el llanto por su amigo le hace olvidar casi sus presentes desventuras, y no tiene para Neoptolemo (v.) otra palabra que la muy afectuosa de «hijo». Apegado incluso a su caverna y a su isla desierta, no quiere alejarse de allí sin antes haber saludado por última vez los lugares donde tanto ha sufrido y que muestra a Neoptolemo con un cariño más bien orgulloso.

Con palabras implacables y con la firme decisión de no seguirle a Troya aun cuando ello hubiera de reportarle una gloria inmortal, expresa su odio contra Ulises (v.), jamás disminui­do en su ánimo altivo, sino más bien afian­zado a causa del engaño; únicamente la intervención de un dios puede doblegar la férrea voluntad de Filoctetes, quien sólo se inclina ante Hércules, para alejarse ha­cia un destino mejor, hacia la salud y la gloria.

C. Schick