Fénix

Es el sabio educador que en el canto IX de la Ilíada (v.) tiene una notable participación en la embajada enviada a Aquiles (v.), y que en su calidad de maestro competente y apreciado trata de convencer a su famoso alumno de que se reconcilie con Agamenón (v.).

La im­portancia que aquí se da a Fénix como educador del joven Pelida contrasta en cierta manera con la leyenda más extendida, que Homero sólo indica, según la cual Aquiles habría sido educado por Quirón, el más sabio de los centauros. Es significativo este alejamiento del mito más conocido: Homero quiere confirmar ideales precisos, y en primer lugar el de la perfección hu­mana, como educación total y equilibrio de dotes bélicas y morales, que distingue a sus héroes preferidos, y, sobre todos ellos, a Aquiles.

La Ilíada es el poema de esta figura y de los hombres semejantes a ella, amigos y adversarios; y este Aquiles no tiene la perfección genérica y abstracta del mito, sino la particular y concreta de una noble poesía. Las leyendas más antiguas le presentaban como un salteador y destructor de ciudades; Homero le ha transformado en un héroe solitario, atacado por los hom­bres cuando ya la muerte le persigue, ami­go de Patroclo (v.) y de Antíloco (v.) y confortador de Príamo (v.). En los mitos aparecía siempre Aquiles como amante de la guerra y alumno de Quirón; en cambio, Homero le atribuye un carácter humano amplio y total y, por ello, le da como maestro a Fénix. Homero rehúye describir la bestialidad, ya sea en las acciones hu­manas, ya en la forma física, y por ello su nuevo Aquiles sustituye al antiguo, y Fé­nix a Quirón.

El discurso de Fénix en el canto IX de la Ilíada permite completar, y sólo en sentido retrospectivo, el re­trato del nuevo Aquiles, cuya infancia apa­rece recordada y a quien su maestro sigue tratando con el amor y la paciencia de un padre. Y en su respuesta, el gran alumno que poco antes ha replicado duramente a Ulises (v.), habla con inusitada dulzura, siquiera no ceda a los consejos, y, luego, en tono de súplica, como inferior, o, por lo menos, de igual a igual, ruega a Fénix que vaya con él a Ftía, si quiere. Éste es el primer acto de sumisa comprensión que modifica su actitud inflexible de los pri­meros cantos y prepara la escena final del encuentro con Príamo.

Así, y con gran magnificencia, el carácter de Aquiles apa­rece expuesto gradualmente a través de sus relaciones con Agamenón (v.), Fénix, Patroclo, Héctor (v.) y Príamo, y exaltado durante todo el poema en su actitud re­belde contra la sociedad guerrera evocada por Homero. Fénix tiene una notable par­ticipación en la historia de Aquiles porque se le ha reservado el aspecto más personal y nuevo de la interpretación homérica del antiguo mito, que deja de ser una cruel historia de guerra para pasar a cantar los nuevos ideales del íntegro y perfecto ca­rácter humano indicados por el mismo Fé­nix cuando recuerda haber formado a su discípulo como héroe de la palabra y de la acción.

De la manera más explícita enuncia aquél estos, principios, que hallamos luego en la base de la moral homérica, en­señanza que aparece aún más evidente por la contraposición, en este mismo canto, de Fénix, ejemplo del desarrollo total del ca­rácter humano, a Ulises y a Ayax (v.), el orador y el guerrero. La intención homérica de desarrollar ante todo la reflexión y el va­lor cívico fue reconocida y asimilada por los griegos de épocas posteriores, quienes a través de muchas generaciones conside­raron la Ilíada como una guía para la vida perfecta; y la fórmula de Fénix «ambas cosas a la vez, saber hacer discursos y sa­ber obrar», permaneció como expresión del ideal de la cultura íntegra, fruto de la co­ordinación de todas las fuerzas del hombre.

F. Codino