Felipe II

Los dramas y comedias de Lope de Vega, Pérez de Montalbán o Cal­derón de la Barca presentan a Felipe II como el rey justo por excelencia, «sabio», «prudente» y «segundo Séneca de España».

Sus caracteres responden a los rasgos típi­cos del soberano inflexible en la represión de los desafueros de la nobleza contra los labradores; por ello convierten en hierática la sacra majestad del monarca, como en Peribáñez y el Comendador de Ocaña (v.), donde el vasallo opresor, por grandes que sean sus títulos de linaje y sus hazañas, pagará con la muerte su abuso del pri­vilegio. El rey protege sin reserva al vi­llano ofendido en el honor de su esposa por el «jus primae noctis» y castiga al vasallo rebelde; el aldeano que apela a la justicia real y la bella campesina de in­transigente honestidad se transmiten, con rasgos apenas modificados, de Lope a Cal­derón, y El alcalde de Zalamea (v.) no es más que el eco de Peribáñez.

Para los cas­tellanos, pues, Felipe II es el custodio de una administración inflexible e incapaz de ninguna claudicación a base de favores o nepotismo. En el Ensayo sobre las costum­bres y el espíritu de las naciones (v.), de Voltaire, Felipe II aparece muy distinto, co­mo un rey caracterizado por «una actividad de gabinete, una constante atención para todos los asuntos, una vigilancia continua y siempre desconfiada de sus ministros, la preocupación de atender a todo por sí mis­mo en cuanto sea posible a un monarca, el cuidado en alentar la discordia entre sus vecinos y en mantener la paz de España, los ojos siempre abiertos sobre gran parte del globo, desde México hasta Sicilia, y una frente continuamente altiva y severa en medio de los afanes de la política y el marasmo de las pasiones».

Sin embargo, Voltaire le atribuye numerosas iniquidades y perfidias «bajo la máscara infame de la religión» y le acusa también de libertinaje y de cinismo hacia su familia. En el Felipe (v.) de Alfieri, la violenta y unilateral visión tiranicida del poeta convierte al rey en repertorio de inhumanos sentimientos y en padre y esposo desnaturalizado; Fe­lipe y don Carlos (v.) aparecen enfrenta­dos como términos contrapuestos, como libertad y tiranía y como natura y antina­tura. La literatura dramática y la historio­grafía protestantes se propusieron la me­tódica transformación de la figura de Fe­lipe II, así como la de Juana de Arcó (v.).

En sus lecciones de Jena, publicadas con el título de Historia de la insurrección de los Países Bajos contra el gobierno español (v.), así como en su Don Carlos (v.), Schiller empleó su elocuencia en deshacer la fi­gura del «rey justo», en cambiar su as­pecto por el de un tirano insociable y tétrico perseguidor de todo afecto espon­táneo, de todo idealismo y de cualquier re­forma que pudiera mermar su absolutismo, presentando su corte como un frío tribu­nal y enmarcando su vida familiar en un ambiente de guarida sospechosa. El tirano del cuerpo social español no puede ser, en su familia, más que un opresor; el perse­guidor de las ideas lo ha de ser también de los afectos.

El Felipe II de Schiller no es el tirano salido de la mecánica elemental de Alfieri, pues aquel autor no sabe negar a ninguno de sus personajes un reflejo de la dignidad moral que adorna sus figuras, y convierte a su héroe en un inflexible defensor de la autoridad absoluta más bien que en un verdugo. No obstante, resta asi­mismo vida y calor a los seres próximos al personaje, como es su esposa, Isabel de Valois, y, por antítesis, suscita ante él un alma «bella y sensible», don Carlos, a quien se atribuye el propósito de mitigar la opresión de los Países Bajos. En el dra­ma de Schiller, Felipe aparece más bien como mandatario de un sistema que cual un loco sanguinario, y don Carlos, antes que «héroe de la libertad», es un espíritu «bello y sensible», aunque desordenado y veleidoso en su debilidad.

Felipe II no es la síntesis de todo mal, como tampoco don Carlos el compendio de todo bien, única­mente la ambición austríaca del poder ab­soluto es quien oprime en aquél los instintos y los gérmenes fecundos de la na­turaleza. Felipe II es la antinatura, aun cuando en él abunden la prudencia, la sa­biduría y la dignidad real. Su insaciable ambición de poder hace desdichada a Isa­bel, empuja a don Carlos hacia un imagi­nario, siquiera no consumado, incesto, y lleva a la ruina al más caballeresco y noble de sus vasallos, el marqués de Posa; y ello precisamente porque Felipe, más que un tirano, es el exponente de un sistema de opresivos convencionalismos, de instintos sofocados, de arbitrarias sujeciones a la magnificencia estatal y de apremios opues­tos a la dignidad humana, al cual Schiller contrapone, como ciudadano honorario de la Revolución francesa, el ideal del «libre desarrollo» y el llamamiento a la alegría y a la fraternidad universal.

Este sistema aleja a Felipe del amor de su mujer, le induce a poner a su hijo en manos de la Inquisición, le hace desconfiar aun de sus más fieles servidores, como, por ejemplo, del duque de Alba, y le enfrenta, en una mal disimulada divergencia, nada menos- que con el Gran Inquisidor. La grandeza de Felipe como figura artística reside pre­cisamente en este aproximarse y resistirse al crimen, en el que cae finalmente, im­pulsado por sus recelos de tirano. Esta ne­cesidad del mal, aneja al sistema aun cuan­do temida y tratada de evitar, es el equi­librio de toda la tragedia.

L. Giusso