Felipe Bridau

[Philippe Bridau]. El antiguo comandante de un escuadrón de dragones de la guardia imperial y veterano de Waterloo, el teniente coronel Felipe Bri­dau, personaje de la novela Casa de soltero (v.), de Honoré de Balzac (1799-1850), in­gresa nuevamente en el ejército tras varios años de retiro y ociosidad bajo los odiados Borbones, a quienes había jurado no servir nunca; y, conforme con sus deseos, acaba disfrutando de inmensas riquezas, así como de un título de conde.

En Felipe Bridau aparecen amplia e íntegramente reunidos en un solo hombre un valor físico a toda prueba y un espíritu infinitamente vil, una ausencia total de escrúpulos, un egoís­mo calculador y astuto, la más monstruosa falta de todo afecto familiar y una osadía que no se arredra ante ninguna atrocidad, por horrenda que sea. Su retiro de la vida militar después de la caída de Bonaparte aparecería muy digno en otro personaje que supiese aceptar una vida pobre y oscura; el oficial retirado impondría respeto.En Felipe, no obstante, a medida que va cre­ciendo día tras día su afán de goces, va perfeccionándose también tristemente su es­píritu de simulación, en el que, andando el tiempo, llegará a ser maestro.

La de­mostración general de ello se produce en la escena en que aparece con su hermano y finge — sin afirmarlo ni negarlo — quererse suicidar, lo cual es sólo una abyecta farsa; por valiente que haya sido en el campo de batalla, ahora es un cobarde, sin ánimos para darse muerte. Luego, será capaz de desempeñar, sin traicionarse, la larga comedia de la moralidad ante su viejo tío, en Issoudun, con el fin de obtener la an­siada herencia; e incluso, como es natural, con su gravedad de veterano respetado y su condecoración en el ojal, merecerá la aprobación de las gentes de bien como res­taurador del orden y de la familia. Los árabes, al cortarle la cabeza en Argelia, donde se ha ratificado héroe a su manera, llevan a cabo la demorada venganza de to­das sus víctimas y de todas cuantas lágri­mas hizo verter impasiblemente; pide soco­rro desesperadamente, pero no hay quien le asista ni le responda.

G. Falco