Farinata

Jefe de los gibelinos de Florencia, Farinata degli Uberti logró ex­pulsar a los güelfos en 1248. Muerto Fe­derico II, los gibelinos fueron vencidos y, en 1258, desterrados.

En 1260, victorioso en la batalla de Montaperti, Farinata re­gresó a Florencia con los suyos. Los gibe- linos, entonces, reunidos en la asamblea de Empoli, pretendieron vengarse de las simpatías de Florencia por los güelfos con la destrucción de la ciudad, pero Farinata se opuso enérgicamente a ello. Dante tuvo siempre muy presente tal magnanimidad, y concretó en la figura del héroe la admi­ración que sentía por los personajes va­lerosos e ilustres de Florencia.

He ahí, pues, a Farinata, guerrero intrépido que combate por su partido y su ciudad. «Cualquier otro afecto le es extraño; sabe sobreponerse a los males presentes, erguidos su pecho y su cabeza como si desafiara al infierno, y no se preocupa de los amores o dolores humanos…» (Croce). Ésta es su fisonomía, a pesar de lo cual, el canto X del «Infier­no» (v. Divina Comedia) es mucho más que «el canto de Farinata», aunque no hayan sabido comprenderlo así los comen­taristas que se extienden en elocuentes des­cripciones psicológicas del protagonista.

La interpretación justa reside no en la iden­tificación con el personaje (como si éste disfrutara de autonomía física y fuera, por lo tanto, de carne y hueso), sino con el poeta, que elabora las figuras como notas o colores. Hay en el canto un carácter fun­damental, representado por cierta heroici­dad, a la vez solemne y triste. Lo impor­tante es darse ahora cuenta, no ya de los rasgos del guerrero protagonista, sino más bien de la poética facultad de organización con que Dante relaciona el tema de aquél con el motivo de Cavalcante, el fondo, etc.

El personaje de Farinata no puede sepa­rarse del paisaje en que Dante le ha si­tuado: «…una solemnidad única en todos los círculos del infierno… El prólogo de este canto no es algo aislado, sino que pre­ludia ya en el episodio de Farinata, que se ofrece al principio como un cuadro de resurrección» (Momigliano). La gigantesca figura de Farinata se ve aquí tocada en su base por la ironía de Dante.

El hombre acostumbrado al sufrimiento presiente ya en sí mismo el dolor de Dante; el deste­rrado comprende que éste lo será a su vez. Toda la elaboración del poeta tiende a ese objetivo: «Pero fui el único»; sacu­dida su vanidad de guerrero, Farinata re­construye ahora su gloria, y aparece así el lado heroico y magnánimo de su carácter, en el que el faccioso está siempre domi­nado por el hombre y el ciudadano.