Fantomas

Treinta tomos, con unas diez mil páginas — mucho más que toda la obra de Marcel Proust—, una especie de «summa» o de historia universal, constitu­yen la «opera omnia» en que Pierre Souvestre (1874-1914) y Marcel Allain (n. en 1885) narran las aventuras de uno de los más célebres personajes de la novela folle­tinesca francesa.

Imposible de capturar, de aspecto, nombre y condición social varia­bles, continuamente en lucha con la justi­cia (personificada por el famoso agente de policía Juve), ladrón, atracador y asesino, astuto y audacísimo, así es este monstruo que escapa a toda norma humana, verdade­ro genio del mal que aparece y, ni más ni menos que como un fantasma, desapare­ce después de haber robado o, en según qué casos, dado muerte a sus víctimas. Grandes hoteles, bajos fondos parisienses o londinenses, navíos en ruta por el océano, praderas africanas e incluso cementerios, son los lugares por donde pasea sus crí­menes, acompañándolos a veces con una tranquila y horrible risa sarcástica, otras, con el terror de la amenaza, y siempre haciendo seguir a su propósito la acción súbita y sin vacilaciones.

Héroe de una baja y macabra literatura que ha ideado nuevas emociones para un público de mo­distillas o de solteronas, ingenuas lectoras de portería, Fantomas expone tranquila­mente al peligro su propia vida tras haber puesto fin a la de los demás; en ocasiones, sabe también hacer el muerto, como ciertos animales, para rehuir la pena. Una vez cerrado el ataúd, vuelve a surgir, ayer ahorcado, hoy nuevamente lleno de vida, dispuesto a otra experiencia, siempre y cuando no prefiera hacer colgar a otro en su lugar, con una de aquellas sustituciones que sabe llevar a cabo con la rapidez y gracia de un prestidigitador.

En sus venas y músculos hay juventud, fuerza y agili­dad; ¿quién, mejor que él, sabe subir a un tren en marcha y luego apearse del mismo? Seguirle en sus criminales andan­zas por el mundo anterior a 1914, próspero» feliz, que no prevé la tormenta, opulento, industrioso y burgués, que él va devas­tando a conciencia como y hasta donde puede, constituyó, un día, la atracción de innumerables lectores, que gustaban gracias a Fantomas los encantos de situaciones y ambientes apenas soñados y experimentaban la fascinación de una vida toda ella peligro e ilegalidad, tan distinta y apartada de la suya.

Siguió luego — mecánica, científica y fríamente lógica — la nueva novela amari­lla; pero Fantomas — héroe de los prime­ros años del siglo XX — fue tan sólo de­jado en la sombra, pero no murió. Una densa y fatigosa actividad, puesta concien­zudamente al servicio del delito, había he­cho de él un personaje y, más aún, un protagonista.

G. Falco