Evast y Aloma

Padres de Blanquerna (v.), protagonista de la novela homó­nima (v.) del gran filósofo y escritor ca­talán Ramón Llull (1233-1315/16). Evast, hijo de un noble burgués, «era hermoso de persona, noble de corazón y muy bien aparejado; y sabía tantas letras y ciencias, que comprendía suficientemente las Sagra­das Escrituras».

En la ciudad donde residía, se encontraba, debido a sus condiciones per­sonales y a las cuantiosas riquezas de que disfrutaba, frente a dos solicitaciones: la de aquellos que querían hacerle profesar como religioso y la de aquellos que que­rían casarle, para emparentar con él. Tras haberlas considerado prudentemente, y sin­tiéndose obligado por las riquezas que había recibido de su padre, se propuso contraer matrimonio y «dar buena doctrina y ejem­plo a todos aquellos que se encuentran en estado de matrimonio; y deseó tener hijos que fuesen servidores de Dios, a quienes poder dejar sus bienes temporales, y servir a Dios, antes de la muerte, en alguna or­den de religión».

Decidido el camino, en­carga a algunos de sus parientes más próxi­mos que «le busquen por la ciudad una doncella que fuese de noble linaje, pues por nobleza de linaje se ennoblece el co­razón contra la maldad y el engaño; y qui­so tener esposa que estuviese sana y bien formada en su persona, para que la natu­raleza pudiese dar buena disposición a los hijos; y sobre cualquier otra cosa, Evast rogó a sus parientes que le buscasen una esposa bien educada y humilde, y que ella y sus familiares se tuviesen por contentos y honrados con dicha boda».

Estas condi­ciones se cumplían en Aloma, con la que contrajo matrimonio con gran piedad y humildad. Evast dio a su esposa poder para administrar los bienes de la casa y él se dedicó a los negocios, a fin de no estar ocioso y de conservar los bienes tempora­les heredados, pues «por ociosidad se con­vierte uno en pobre, soberbio y perezoso, y por burguesía y riqueza muchas veces, confiando demasiado en sí mismo, algunos hombres de ciudad son en declive, pobreza y otros vicios». La vida de los dos esposos era humilde y devota, visitaban a los en­fermos en los hospitales y prodigaban las atenciones hacia los menesterosos, hasta que, tras muchos años de esterilidad, tu­vieron un hijo, al que pusieron por nom­bre Blanquerna y a cuya educación se aplicaron con ternura y prudencia.

Una vez Blanquerna se encontró en situación de poder heredar a su padre, éste consideró de nuevo su vocación primera de entrar en religión y propuso a su esposa abando­nar el mundo y profesar en un convento. Pero Aloma, no menos piadosa que su marido, pero sí más ligada a su condición de esposa y madre, tras largas discusiones, logra arrancarle una situación de compro­miso: legarán sus bienes a Blanquerna y harán «los dos penitencia y áspera vida secretamente en su casa todos los días de su vida». Mas la vocación ermitaña de Blan­querna, que abandona la casa paterna, obli­ga a los dos santos esposos a rectificar sus planes. Redactan unas severísimas reglas de vida, casi monásticas; confieren la ad­ministración de la casa a un monje; y re­parten el sobrante de su fortuna entre los pobres.

Poco tiempo después, Evast enfer­ma y, al sentirse ya muy próximo a la muerte, redacta un testamento, según el cual se edificará a sus expensas un hospital en donde serán atendidos los pobres. Mas, por virtud de Dios, Evast renace a la vida. No obstante, considerando los bienes que podían reportar a los pobres las cláusulas del testamento, vende sus posesiones, edi­fica un hospital y él y su esposa se entregan al cuidado de los pobres enfermos, viviendo de limosna. Su vida se constituye en ejemplo de toda la ciudad, hasta que, ya viejos, mueren, primero Evast, más tar­de Aloma.

Tanto el esposo como la es­posa son dos personajes de una gran hu­manidad, bien trazados en su trayectoria vital, que, poco a poco, se deshumanizan y se convierten en los símbolos del estado de matrimonio dentro de la total sociedad utópica que Llull nos da en su famosa novela.