Eva

[Hawwāh]. Mujer de Adán (v.) y el más célebre, indudablemente, de todos los personajes bíblicos, aun cuando el Libro Sagrado le reserve un espacio realmente exiguo: dos versículos en el Génesis (v.) (III, 20 y IV, 1) para decirnos su nombre y que Adán se unió a ella, una alusión en Tobías (v.) (VIII, 8) y dos en las Epístolas (v.) paulinas (II Cor., II, 3 y Tim., II, 13); todo ello, por lo tanto, insuficiente para suscitar un mito inmortal.

En realidad, en esta figura apenas esbozada y aludida ha­llamos delineado el mismo drama del hom­bre. Así, apenas aparece en el segundo ca­pítulo del Génesis como primera actriz, algo cambia súbitamente. El hombre estaba solo; y aun cuando ejercía ya su dominio sobre el mundo y conocía la tierra, las plantas y los animales, experimentaba, no obstante, grandes oleadas de aquella inquietud que había de sumergir el corazón de sus des­cendientes y que sólo una presencia era ca­paz de aplacar. «No está bien, dijo Dios, que el hombre permanezca solo.

Yo le daré una ayuda adecuada; se llamará mujer («Ischa»), porque procederá del hombre («Isch»), y ambos no serán más que una sola carne». Maravillosas palabras, de las que dependerá la suerte de la humanidad. Eva ha nacido para el hombre; así lo ha dicho Dios. Ha sido creada para ser su ayuda. Es mujer, «Ischa», porque procede de «Isch», el hombre, y sabe muy bien que Dios la ha creado sacándola de la carne del varón, la misma carne viva que ella hace sangrar. ¿Acaso ignoras, madre Eva — y quizá no lo sabrán tus hijas mientras exis­tan hombres sobre la tierra—, que tu fuer­za reside precisamente en tu dependencia del varón? Así lo ha querido Dios, que te ha creado para aplacar la inquietud del hombre y permitirle quebrar su soledad de dominador.

Hete aquí frente a él, que te mira. Desde lo más profundo de su ser prorrumpe en una exclamación, el primer grito de amor, jamás igualado por literatura alguna: « ¡Ésta es carne de mi carne y hueso de mis huesos!» Cual le perteneces te pertenece. Sois y existís el uno para el otro, primera pareja lanzada juntamente a la vida y unida indisolublemente por la voluntad divina en la buena o mala suerte. ¿Qué ocurrió, oh Eva, primer amor del hombre, para que fueras también la ocasión de su caída? ¿Acaso fue este mismo amor la causa de ello? El pecado, ¿consistió en amarte excesivamente? Pero no: esto lo di­cen los herejes, los que odian en ti a la dispensadora de vida.

El pecado y la causa de la caída fueron otros, precisamente el conocimiento del bien y del mal que te prometió la serpiente. Más aún; el castigo guarda relación con el más íntimo conoci­miento de toda la felicidad carnal que eres capaz de ofrecer. ¿Acaso no experimentas­teis ambos el sentimiento de vergüenza in­mediatamente después de la culpa a que arrastraste al varón? Misterio que las lá­grimas de millares de generaciones no al­canzarán a revelar: ¿qué lucha secreta se entabló entre Dios y tú en el campo de batalla del corazón del hombre? Ahora, Eva, te vemos huir con Adán ante la es­pada llameante del ángel, cual te repre­sentó Buonarroti en la Sixtina, atemoriza­da y ocultando tu rostro.

En la vida y en sus duras exigencias, en el peligro y en la miseria, serás siempre compañera del hom­bre, débil y heroica al mismo tiempo, y fiel a la misión providencial de la que no te desposeyó el pecado: la de ser, en las ti­nieblas, la dulce mano sin la cual el hom­bre no osaría avanzar…

H. Daniel-Rops