[Eugene Gant]. Héroe de las novelas Vigila la casa, Ángel [Look Homeward, Angel], 1929, y El tiempo y el río (v.) [Of Time and tiñe River], 1935, del escritor Thomas Wolfe (1900-1938).
En los volúmenes siguientes El velo y la roca [The Web and the Rock] y No se puede volver a casa [You Can’t Go Home Again] de esta «biografía» de Eugenio Gant — autobiografía de Thomas Wolfe en forma de narración apocalíptica—, el héroe es bautizado de nuevo con el nombre de Jorge Webber (v.). Hereda de su padre, dionisíaco picapedrero de las montañas del Sur, la pasión por la retórica, una «ansia oculta por los viajes» y la necesidad de «desahogar libremente algo misterioso e inexplicable que lleva en su interior comunicándolo a la fría piedra».
Crece en medio del «oscuro romanticismo» del Sur; un afanoso deseo de experiencia le lleva desde las colinas encantadas hasta las nada románticas ciudades septentrionales; errante, llega hasta la vieja Europa de sus antepasados, y regresa a América aún con mayor amargura, pero contento. La enorme y necia figura de Eugenio Gant, «centauro de ojos endemoniados y salvajes crines», surge de las profundidades de la misma fantasía visionaria — de lo prehumano, primitivo y mitológico — que había ya creado el fauno de Hawthorne, Donatello (v.), el Huck Finn (v.) de Twain y la Jennie Gerhardt (v.) de Dreiser.
Pero ya antes del nacimiento del héroe, la misma vida humana, cual la concibe la civilización europea, habíase sumergido en estas «profundidades», de donde el héroe recibe, por un lado, el íntimo conocimiento d§ lo prehumano, y, por otro, el de lo humano; este conocimiento de ambas formas le convierte en un «extranjero» en el destierro de lo posthumano, impersonal y despoblado mundo situado más allá del sol de la América moderna.
Pero el extranjero es también un mesiánico artista creador; su heroica soledad está llena de una «fantástica y atenta concentración», y su misión consiste en ser «la lengua que revelará el tesoro sepultado en el corazón de los hombres» y «el cronista de las inmensas^ landas americanas… cuya historia está aún por hacer». Y su ciego errar a tientas por las llanuras vírgenes en busca del «arranque del sendero que conduce al cielo» y que le permitiría «regresar a casa» — volver a las profundidades de un irremediable Pasado humano y prehumano que obsesiona su imaginación como el sueño de un paraíso perdido —, se convierte en un viaje de exploración encaminado a descubrir la significación de la vida americana.
El cielo, su objetivo y también, como así lo espera, el de América, no es el estado de inocencia, sino aquel en que es posible la experiencia de lo humano y lo prehumano. Siente deseos de sumergirse en el «terrible y profundo río de la vida», hallar de nuevo el camino que conduce a las «ocultas e inexplicables pasiones que unifican la trágica familia de esta tierra» y hallar en ellas la «sabiduría más profunda y misteriosa… prohibida a los castrados»; una cruel nostalgia de la oscuridad y de la inquietud moral de una perdida condición humana le lleva aún más allá (v. Ethan Brand).
El drama del genio tutelar de Wolfe, el Acab (v.) de Melville, se halla aquí representado a la inversa: como hace notar el autor, el «romanticismo» del héroe contempla una fuga no «ajena a la vida, sino dentro de esta misma». Como en Acab y en los héroes de la tragedia romántica, es necesario que pague con la muerte su prometeica empresa; su congénita y «bella enfermedad de la inteligencia y de la pasión» acabará por devorarle. Como Acab, también, repite en su búsqueda el repertorio de actitudes morales y dramáticas creadas por sus antepasados, sus padres y los héroes de la imaginación occidental a quienes quisiera unirse.
En los diversos momentos de la obra el autor lo representa como Orestes (v.) perseguido por las Furias; como Anteo, que saca fuerzas de la tierra; cual Jasón (v.), que anda tras el mágico Vellocino de oro; cual el joven Fausto (v.), consumido por el afán de conocer; como el Fausto ya hombre, quien, tras «los torturados y ciegos errabundeos» de su juventud, abraza la imagen del «Uno inmortal», Elena (v.); y como Telémaco (v.) en busca de su padre — «roca» de fuerza dionisiaca y de belleza humana en el desgarrado «velo» sideral de la existencia interestelar. «Ven, Padre, hasta nosotros — clama —, puesto que, de lo contrario, nos vemos fracasados, perdidos y destrozados, y nuestras vidas, como astillas podridas, se verán arrastradas en torbellino… hasta el mar».
Y en tanto deja marcado su paso a través del paisaje americano, el vagabundo centauro celebra con gozosos relinchos — que el autor, valiéndose de metáforas mixtas, llama «balidos de cabra» — «la belleza, el misterio, el encanto y el terror insufribles e inexplicables de esta tierra inmortal — esta gran América». Los oídos americanos, acostumbrados al «gemido» del Popeye (v.) moribundo de Faulkner, lo encuentran más bien absurdo. Reúne, en la primitiva sustancia de su mente, las convenciones petrificadas, los artificios rituales y las impersonales abstracciones matemáticas que constituyen la peculiar materia prima del extraño universo en que se mueve.
Con la exuberancia de sus sentidos y su «oscura intensidad pasional» consigue que ciertos objetos metálicos se parezcan a los tradicionales organismos vivientes. Las grandes metáforas de la vida orgánica con que toma posesión de la escena americana suscitan en los jóvenes habitantes de ésta, que son precisamente los principales lectores de Wolfe, una nostalgia tan ardiente como la del héroe por la perdida condición humana. Las «inacabadas memorias de sus padres» que les ofrece le presentan a la imaginación de aquéllos con una magnificencia quizá merecida, aunque también con un carácter que frente a los «datos» de la América moderna resulta tan incongruente como para semejarse a un sueño narcótico. Al ardor de estos admiradores sucede una inquieta condescendencia no carente de los pretextos de una desaprobación «estética» o de un absoluto desconcierto.
S. Geist

