Personaje principal de la novela de este nombre (v.) de Jakob Wassermann (1873-1933), es la síntesis de numerosos aspectos de la literatura alemana de la primera postguerra. Mantiene la inquietud de Cristián Wahnschaffe (v.), aun cuando de manera más profunda y realista.
Como ocurre en otras obras de la época, la búsqueda se realiza sobre el cuerpo vivo de la humanidad, cual si sólo una dolorosa y ruda desnudez pudiera ser garantía de su sinceridad. Un famoso error judicial en que incurriera su padre, el primer procurador Von Andergast, revela al hijo por vez primera el desequilibrio incurable de que adolece la sociedad humana, y no se dará un instante de reposo en tanto no haya descubierto al verdadero asesino.
La indiferencia del tribunal hacia los misteriosos abismos en los que el bien y el mal parecen a veces mezclarse acentúa su maniática sed de justicia que, por lo general, será considerada como locura o anormalidad. La finalidad que persigue es la causa y no el efecto, lo absoluto y no lo relativo. La desproporción entre vida y pensamiento y entre experiencia y resultado es a menudo excesiva; hay demasiadas aventuras y bajezas, en tanto una ilógica existencia del subconsciente llena capítulos enteros.
El mismo personaje es a veces repugnante y de una vulgaridad innecesaria, siquiera no falten momentos austeros y limpios y, de vez en cuando, como un destello entre tinieblas, aparezca un Andergast noble y profundo. Pasa sin transición de la muerte de su padre a su primera experiencia amorosa y del breve período de estudiante al frenesí de la vida en los ambiguos ambientes del vicio, por lo que ya en adelante nada es capaz de hacerle vibrar. Acaece entonces el encuentro fatídico con el médico Kerkhoven, que tiene claramente para ambos todos los indicios de la predestinación.
Bajo la influencia de Kerkhoven la vida de Etzel se hace más profunda y adquiere de vez en cuando un transparente colorido; transformado en confesión, el acto instintivo conoce, en parte, una causa, y la elementalidad de la vida se ve iluminada por la reflexión, que, sin embargo, no hace disminuir la necesidad trágica de su cumplimiento. Etzel reconoce en su destino la existencia de una fuerza que destruye inevitablemente a cuantos le están próximos y que procede de un ansia atávica de culpabilidad situada en la más inaccesible intimidad de su carácter.
La ofrenda de su sinceridad ilimitada exige la de una entrega absoluta; con exagerado cinismo, pone a prueba a quienes, como Lorriner, no se atreven a dar el paso decisivo. Más allá de este duelo de fuerzas no aparecen moral o ideal de ninguna clase, ni otro culto que no sea el de la verdad, siempre diversa bajo la inconstante problemática existencial. Aun la esposa de Kerkhoven, a pesar de su resistencia inicial, sucumbirá al extraño poder del joven Etzel, y el mismo médico no conseguirá librarse del amigo a quien había pretendido curar sino mediante una de las profundas crisis fisicoespirituales en las que, según Kerkhoven, se hallan empeñadas las últimas y más escondidas energías vitales, cuyo trabajo mortal da origen a un nuevo carácter y a un nuevo hombre.
Sólo este tormento de su maestro y la desesperada obstinación de María a no perderle son capaces de rasgar ante Etzel el velo de su infatuación. Tras un período de extremo abatimiento y de vida inconsciente y errante, sube, finalmente purificado, por los caminos de la Alta Engadina en busca de la paz de la naturaleza y el abrazo de su madre que le aguarda. Extinguida toda pasión, las cenizas humeantes del pasado no volverán a encenderse, y el hombre y el cosmos se avistan nuevamente en las alturas de la contemplación. Del sonriente rostro de su madre ha desaparecido todo rastro de afán terrenal; parece el símbolo de la sabiduría pura; y el deseado encuentro realiza también para ella el lejano sueño del jardín florido, que ahora, en lugar de desvanecerse ante su proximidad, vive real para siempre en su corazón.
M. Benedikter

