Ethan Brand

Protagonista del relato de este nombre del escritor americano Nathaniel Hawthorne (1804-1864), publicado en Figura de nieve (v.) bajo el subtítulo de «Capítulo de una novela frustrada».

El padre de la literatura alemana moderna murió pidiendo más luz; el padre de la moderna literatura americana nació pidien­do más oscuridad. En la figura de Ethan Brand, Hawthorne presenta con horror la característica principal y preponderante de las sucesivas expresiones literarias de Amé­rica: la fantasía de una iluminación total, y, en consecuencia, del conocimiento pleno del perdón humano, con cuya posesión el sufrido Participante de la vida humana se transforma en Espectador estéril y libre de pasiones, preso en su lucidez.

Bajo la omnisciente mirada de Ethan Brand, el alma humana se abandona «como un paciente narcotizado» (según expresión del Ethan Brand del siglo XX, el Prufrock de Thomas S. Eliot). Se ha roto su vínculo con «la cadena magnética de la humanidad»; para él la experiencia humana es un objeto lejano lleno de luz con el que no puede establecerse otra relación que la del ojo sin párpados con la cosa observada y la de la mente omnisciente con el objeto co­nocido. La figura simbólica utilizada por Hawthorne para dar forma narrativa a este tema visionario es la de un humilde y soli­tario obrero de los hornos de cal en las montañas del nordeste de los Estados Uni­dos.

La compasión hacia la humanidad y el respeto a «la santidad del corazón hu­mano» le inducen a la meditación; a su vez, la meditación acerca del interior ar­diente de su horno, cuya puerta es la en­trada a las regiones infernales, evoca al gran enemigo en persona. Bajo la tutela de Satán, la compasión da lugar a un «magno sueño de conocimiento» que se aleja cada vez más de su originaria procedencia mo­ral para convertirse, finalmente, en la fría curiosidad intelectual del Espectador.

Brand abandona el horno y vaga por el mundo en busca del Pecado Imperdonable: «una culpa especial que no podía ser expiada ni perdonada». Al cabo de dieciocho años re­gresa, totalmente destruida ya su sustancia humana; durante este tiempo, su «deshu­mano» conocimiento ha convertido a otras almas en «objetos» de sus experiencias in­telectuales o víctimas de su voluntad. Ha conseguido hallar el Pecado Imperdonable dentro de sí mismo. Éste consiste precisa­mente en el conocimiento pleno, falto de todo límite de piedad o sentimiento moral, que distingue al Espectador puro del Par­ticipante: la separación de Intelecto y Co­razón.

Incapaz de soportar la pesada, carga de su lucidez y, al mismo tiempo, de su culpa, se echa al horno; de su cuerpo no queda resto alguno, a excepción de un pe­queño grumo de cal blanquecina: su co­razón. La figura es ambigua; Hawthorne, en términos dramáticos y morales propios de su época, representa la situación del hombre que va «más allá» de la vida hu­mana, trágico, por una parte, a causa de su estéril y heroica soledad moral, y mal­vado, por otra, debido al repudio de la «esclavitud humana» que da al hombre el poder «demoníaco» de introducirse en las almas de los demás y manejarlas cual si se tratase de las piezas de un juego superior.

La situación, con su ambigüedad, es propia de muchos tipos de Hawthorne; los docto­res diabólicos y los locos científicos de sus breves narraciones la mantienen como uno de sus temas principales, cuyas variaciones se completan en los protagonistas de las novelas (v. Chillingworth, Coverdale, Hollingsworth). La torturada lucidez de Brand no se distingue de la de Hawthorne, por cuanto el mayor historiador moral de Amé­rica fue un inquieto investigador de la muerte.

Su carrera, dedicada por completo a representar, como un simbólico drama ritual, la «historia natural del alma», fun­damento de la vida humana, empezó al darse cuenta de que en América la misma «vida humana», en su sentido tradicional, había sido rechazada, sus elementos tradicionales — el alma, el corazón y la persona — ha­bían sido convertidos en vanas palabras, las categorías del pensamiento y del senti­miento que les conferían una identidad ha­bían dejado de ser las formas internas de la vida real para transformarse en «obje­tos» del juego intelectual de un espectador, y la misma América, no sólo en la fanta­sía de*- un artista sino también realmente, había pasado «más allá», a la experiencia «tras un mundo deshabitado»: un mundo propio del Ulises (v.) de Dante y del Acab (v.) de Melville, desde el que la vida hu­mana aparece como un remoto planeta del espacio interestelar (v. también Augusto Dupin y Philo Vanee).

S. Geist