Eteocles y Polinice

El mito de sus divergencias y su muerte formaba parte del ciclo griego de las leyendas tebanas, cuyo acontecimien­to central era la expedición de los siete re­yes argivos contra Tebas, la más famosa empresa bélica de la historia antigua griega después de la guerra de Troya.

La historia de Eteocles y Polinice estaba relacionada con el ciclo más amplio aún que abarcaba el destino de la familia de Edipo (v.), maldita por los dioses hasta la época de Layo. A consecuencia de los nuevos de­litos sacrílegos de Edipo la maldición al­canza aun a la tercera generación, a sus hijos Eteocles y Polinice. Por ciertas ofen­sas que de éstos ha recibido, Edipo mal­dice a los dos hijos que le ha dado Yocasta (v.), sucesores suyos en el gobierno de Tebas.

Para repartirse el poder, decidieron éstos reinar alternativamente por períodos anuales, pero después del primer año, Eteo­cles, el mayor de ambos, no quiso ceder el cargo a su hermano. Éste abandonó Tebas y fue a ver al rey de Argos, Adrasto (v.), al que, ayudado por Tideo, otro desterrado, persuadió a preparar la expedición contra Tebas con el fin de recuperar el poder usurpado por su hermano. Los jefes de la expedición fueron los famosos Siete, entre los que se contaba el mismo Adrasto. Fra­casó totalmente la primera tentativa y sólo salvóse Adrasto, quien, más tarde, volvió a intentar la hazaña, esta vez con éxito, con los Epígonos, hijos de los Siete.

La leyenda de la primera expedición desafor­tunada, ya indicada ocasionalmente varias veces por Homero y rememorada o ela­borada nuevamente por otros poetas diver­sos, era muy del gusto de Píndaro. En cambio, Esquilo usó como tema central de su tragedia Los siete contra Tebas (v.) el destino de ambos hermanos. En ésta se representa la ciudad sitiada en la época de la preparación del asalto definitivo; en esta amplia escena va delineándose gradual pero irresistiblemente la fatalidad que ha de enfrentar a ambos hermanos. La ciudad tiene siete puertas, y siete ejércitos al mando de siete jefes, uno de ellos Polinice, se disponen a atacarla.

Eteocles, aun cono­ciendo la maldición paterna, decide dirigir personalmente la defensa de una de las puertas. Cuando todo está ya preparado y es demasiado tarde para hacer modifica­ciones, Eteocles se da; cuenta de que ante él está su propio hermano. La fatal coin­cidencia se manifiesta como un trágico avi­so. El coro desesperado de las mujeres aumenta el horror de los momentos que preceden al cumplimiento del destino; el ataque fracasa, pero mueren ambos herma­nos uno a manos del otro.

Se ha cumplido el castigo de toda la estirpe, por cuanto no hay otros hijos varones de Edipo; no obstante, aparece el decreto que prohíbe sepultar a Polinice. Antígona (v.), una de las dos hermanas de los difuntos, alza su voz de protesta, y el coro, vacilante, no sabe si respetar la ley o unir finalmente a los dos hermanos rivales en los honores de la sepultura. La violenta historia de sangre y superstición acaba a la nueva luz de una compasión humana, con el llanto sobre los grandes e infelices hermanos que, perseguidos por una voluntad superior a la suya, se ven ahora nuevamente divididos en la muerte por los pérfidos representantes de la autoridad terrena.

La tragedia tiene la típica y grandiosa simplicidad de las composiciones de Esquilo, con los caracte­res humanos y religiosos propios de su es­tilo épico; Eteocles destaca sobre todo como campeón y defensor de la ciudad, en tanto se reservan al coro las lamentaciones por su trágica suerte.

F. Codino