Protagonista de La vida y hechos de Estebanillo González (v.). La obra, que está dedicada a Octavio Piccolomini, duque de Amalfi, se presenta como una autobiografía, según el acostumbrado esquema de la novela picaresca; y como existen pruebas documentales de la existencia real de un bufón llamado Estebanillo González que estuvo al servicio de los Piccolomini, se tiende a considerar la biografía como auténtica, aunque con algunos rasgos caricaturescamente exagerados.
Estebanillo se define como «hombre de buen humor». Pero su humorismo está muy lejos de la cordialidad de Lazarillo (v.) o de la sátira, por atroz que sea, de un Guzmán de Alfarache (v.) o de un Pablos de Segovia (v.). Su bufonesca comicidad no oculta ninguna intención satírica o moralizadora, sino que nace de una absoluta insensibilidad moral. Estebanillo lleva hasta el extremo la indiferencia del pícaro por todo cuanto no se refiere a su comodidad general. Su rasgo característico es una verdadera manía de errabundeo, que le impide detenerse dondequiera que sea por más tiempo del que le permiten sus proezas (que en general es siempre poco).
Desde su niñez, las seducciones de la vida picaresca le llevan lejos de la casa paterna y le empujan a una vida errante y aventurera; siempre al margen de la sociedad y sin aceptar sus leyes, hace todos los oficios para no dedicarse a ninguno. Así le vemos sucesivamente barbero, cirujano, marinero, rufián, soldado, sacamuelas, tahúr, vivandero, siempre ladrón, a menudo desertor, y finalmente correo real. Su campo de acción va desde España a Portugal, a Italia, a Francia, a Flandes y alemania, a Polonia y a Rusia.
Pero si en la impostura sólo empeña su talento, en la bufonería alcanza verdaderamente el arte. Como él mismo dice: «mi oficio es el del buscón y mi arte el de la bufa». En efecto, diríase que Estebanillo opone deliberadamente al mundo heroico de la guerra de los Treinta Años, con sus colosales figuras trágicas, como el Wallenstein (v.) evocado por Schiller, su sarcasmo de antihéroe. Constantemente está exaltando su cobardía y cuando puede tumbarse al sol con la barriga llena de vino nada le importan la patria, ni el Turco, ni la religión, ni el honor. Las mujeres le interesan poco y prefiere entregarse al hurto, a la estafa y al engaño.
Sin embargo, no es capaz de matar. Su divisa es «No matar, pero sí robar» y la vista de la sangre le da escalofríos siempre que no es él quien la hace brotar del rostro de sus clientes cuando se hace pasar por consumado barbero. Como soldado, procura obtener siempre el puesto mejor y más seguro: vivandero, asistente, furriel, etc., y pasa el tiempo de sus no pocas batallas escondido lo mejor que puede. Ello no le impide después exaltar sinceramente las victorias españolas, y proclamar mentirosamente las propias, trompeteando a los cuatro vientos maravillosas empresas contra enemigos que no pueden desmentirle y presentándose siempre al reparto del botín, como si tuviera derecho a él.
En esta cínica representación de sí mismo, en esta caricatura de todo lo heroico, Estebanillo puede considerarse como la identificación de una persona humana de rasgos bien definidos, y, por lo tanto, logra aquella vitalidad novelesca que inútilmente persigue en la acumulación de toda clase de acontecimientos y aventuras.
C. Capasso

