Esaú

[‘Ĕswā]. Este personaje que el re­lato bíblico presenta con tanto relieve no puede comprenderse en sus múltiples aspectos independientemente del grandioso drama en el que desempeña el doble papel de antagonista y de vencido, por cuanto este drama, tal cual aparece en el Génesis (v.), aun sin dejar de ser profundamente humano, trasciende los límites de dos exis­tencias individuales y la fuerza de su vo­luntad (caps. XXV-XXVII).

Por este mo­tivo Esaú aparece siempre en él bajo un «doble aspecto»: cómo individuo y como representante de una posteridad; injusta­mente desheredado por la astucia de su hermano, pero, sobre todo, rechazado por la voluntad divina; vencido y, en cierto modo, vencedor; «elegible» y, sin embargo, «no elegido». En este contraste, inmanente aunque externo, reside, como el más alto significado teológico de su historia, la hu­manísima emoción de sus vicisitudes. Pri­mogénito de Isaac (v.), aunque gemelo de Jacob (v.), aparece, ya desde el seno ma­terno y por diversas señales proféticas, des­tinado junto con su descendencia a «servir al menor».

No obstante, una vez enuncia­do, el plan divino se desenvuelve en tér­minos completamente naturales; en el inconsciente juego, cada uno de los dos tiene sus errores y sus grandezas y va ad­quiriendo la consiguiente parte de respon­sabilidad y castigo. Contrariamente a Ja­cob, tenaz, hábil e incluso astuto, Esaú tiene un temperamento violento pero gene­roso, incapaz de cálculos ni de persistentes rencores. Por ello, cuando, una vez su hermano le ha suplantado ya en sus dere­chos de primogénito con el famoso plato de lentejas, ve que en un segundo engaño le es además arrebatada la bendición mesiánica, su desesperación estalla en salvajes resonancias, como rugidos de fiera heri­da. «¿Sólo una bendición tienes, padre mío? ¡Bendíceme también a mí, padre! — Y llo­rando, prorrumpió en grandes lamentos».

Sin embargo, durante la ausencia del «su- plantador» su odio se aplaca; y cuando aquél volverá, saldrá a recibirle alta la frente, como hermano y súbdito generoso y no como esclavo servil. Esta última esce­na, de magnífico colorido externo y gran delicadeza de sentimientos recónditos, pa­rece invertir las situaciones: el suplantado es, humanamente, un triunfador, y su in­dependiente seguridad le convierte en un bondadoso gigante frente a la temblorosa circunspección de aquel que, en realidad, ha vencido.

De este modo, la figura de Esaú, no exenta de culpas pero tampoco de primitiva bondad, al quedar privada no de bienes terrenales sino de las esperanzas mesiánicas, se convierte en melancólica de­mostración (bien lo vio San Pablo) de la inadecuación del hombre a los más altos dones de Dios, cuya concesión es, por lo tanto, misterioso designio de la misericor­dia de Éste.

E. Bartoletti