Héroe del Ciclo bretón (v.) y protagonista del poema Erec y Enide (v.) de Chrétien de Troyes (siglo XII), así como de una nueva versión alemana de Hartmann von Aue (von Ouwe), muerto hacia 1220.
Modelado según el ideal caballeresco de la época, conquista a la bella Enide gracias a su valentía, pero, entregado al amor, olvida los deberes e ideales del caballero. Cuando Enide, juzgándole dormido, deja entender con trémulas palabras su preocupación por la indolencia de su esposo, éste despierta de su somnolencia y corre a rehabilitar su honor. Enide soporta con noble paciencia el ímpetu vengativo del menospreciado Erec, quien, con cruel orgullo, le ordena que le siga sin proferir nunca una sola palabra.
Las numerosas dificultades exponen al héroe a graves peligros, y, más de una vez, Enide, violando la orden de silencio, le ayuda a salvarse. Las aventuras, pródigas en elementos fantásticos situados en el legendario marco de la leyenda del Santo Graal (v. Historia del Graal), contienen escasas notas personales y sólo raras veces el alma viva del personaje alcanza a individualizarse.
Su amor hacia Enide se manifiesta al principio, pero es luego interrumpido por el ciclo de las hazañas, y reaparece al final, cuando Erec, al recobrarse del desmayo ocasionado por sus graves heridas, se conmueve ante la fidelidad y desesperación de su salvadora, y, comprendiendo súbitamente que ésta había soportado sin vacilar las insidias de un admirador rechazado, se arrepiente finalmente de su desdén y humildemente le pide que le perdone.
Éste es precisamente el punto culminante, en el que Hartmann, más humano y natural que Chrétien, difiere notablemente del espíritu del original francés, que ni siquiera en tal momento quiere mitigar la fría rigidez del protagonista. En el resto del poema la figura de Erec se halla demasiado esquematizada. El poeta le define: «prudente como Salomón, bello como Absalón, fuerte como Sansón y clemente como Alejandro», aunque Enide le supera casi siempre por su íntima humanidad y su ingenuo proceder, hasta el punto de que precisamente sobre el fondo de su heroica dulzura y abnegación los rasgos y actitudes tradicionales del impávido aventurero de la Tabla Redonda adquieren matices y detalles singulares y humanamente reales. M. Benedikter

