Personaje del drama de su nombre (v.) de Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781). Concebida como una «Virginia moderna», Emilia no debía ser una víctima de la tiranía política, como las protagonistas de otros dramas de la libertad, que en el siglo XVIII europeo trataban el popular motivo del sacrificio de la antigua heroína romana.
En efecto, Lessing consideraba ya bastante trágica la suerte de una hija muerta a manos de su padre, que prefería en ella la virtud a la vida, según el espíritu de la sentimental «tragedia burguesa», de que tantos ejemplos sugestivos se hallaban en la Inglaterra de la época. Y realmente, si su padre, el rudo coronel Galotti, y su prometido, el conde Appiani, se mantienen alejados de la corte de Guas- talla, ello se debe, no a una necesidad de libertad política, sino a un altivo deseo de independencia aguzado por el odio a los vicios que en aquella corte florecen.
Prometida de Appiani, Emilia se hubiera retirado con éste, luego de su matrimonio, a vivir rousseaunianamente una existencia idílica en un valle del Piamonte. Y sin embargo la tragedia se organiza y se desarrolla en tal forma que Emilia, como Virginia, es muerta por su padre cuando, habiendo perecido en una emboscada su prometido, parece imposible salvarla de los torpes deseos del déspota. Pero Emilia no solamente es moderna por las nuevas condiciones exteriores y por la motivación exclusivamente ética de su drama.
Sería excesivo decir, con Goethe, que en secreto amaba al príncipe Gonzaga, pero ciertamente éste — que más que en Apio Claudio hace pensar en un joven «Stürmer» — ha despertado en su sangre una turbación que no había sabido infundirle el severo Appiani. La misma mañana de su boda, Emilia siente la necesidad de ir a la iglesia a implorar la gracia celestial, según su madre confía a Galotti, revelándole luego el encuentro de Emilia y el príncipe en una velada; y de la iglesia vuelve trastornada por las apasionadas palabras que durante su plegaria le ha dirigido «él».
Deja que su madre la tranquilice y la induzca a ocultar a su novio lo ocurrido: puede ir a su boda con el corazón puro aunque manteniendo el recuerdo de imágenes e impulsos hasta entonces ignorados. Hasta el último momento no se da cuenta de cuán peligroso es ello, cuando se entera por su padre de que el príncipe, inspirado por su diabólico consejero, para dar apariencia de imparcialidad a un capcioso proceso, quiere arrebatarla a sus padres para ponerla en custodia en la misma casa donde la conoció.
El padre piensa en la posibilidad de una violencia, pero la hija deja escapar unas palabras reveladoras: «La violencia no es nada; la verdadera violencia es la seducción. Por mis venas corre sangre… una sangre tan joven y tan ardiente como la de cualquier otra mujer. Y mis sentidos son sentidos. No respondo de nada…». Y recuerda que en aquella «casa de la alegría», bajo los ojos de su madre había sentido en un momento hervir su sangre, que apenas habían podido luego calmar en varias semanas las más severas prácticas religiosas. Y para asegurarse contra el inevitable peligro, pide la muerte a su padre, acabando, pues, como Virginia (v.) a pesar de ser interiormente tan distinta de ésta.
Esta alma nueva, que la heroína revela en breves frases al final de su vida, no es congruente con el aspecto general de la aventura dramática, y determina un desequilibrio del que ya se dio cuenta el propio Lessing, aunque no quiso o no supo remediarlo. Había intuido un personaje trágico dominado por una fuerza irracional, y, dada la tendencia «ilustracionista» de su mente, sólo podía reducirlo a las categorías modernas solicitadas bajo el nombre de la virtud. Sin embargo, la novedad psicológica de Emilia era tal, que su drama resultó fecundamente sugestivo para todos los jóvenes de la generación poética ulterior, empezando por Goethe.
L. Vincenti

