Elstir

Personaje de En busca del tiem­po perdido (v.) de Marcel Proust (1871- 1922). Es un pintor y parece también que­rer ser, en la intención proustiana, la per­sonificación de una inteligencia, de un gusto y aun de una educación surgidos de la enmarañada oscuridad de un temperamento.

Cuando los lectores le observan por primera vez, entre los asiduos concurrentes al salón de los Verdurin (v.), Elstir no es más que la desmañada crisálida de sí mismo: un joven que hace ruidosas bromas, a menudo groseras, y que está acostumbrado a que se le trate con excesiva y protectora con­fianza. Y aunque en él existe ya una po­tencia inmediata de expresión artística y una intuitiva seguridad de juicio, ni una ni otra han arrostrado todavía el peligroso pero indispensable viaje a través del jue­go infinito de la inteligencia con la sensi­bilidad, del cual trasciende siempre, con el arte y con las facultades de discernimiento crítico, la figura humana de todo crítico y artista.

Elstir hace este viaje amándolo desde las primeras etapas, y convirtiéndose gradualmente en un gran señor al mismo tiempo que en un gran artista. En el re­trato literario de Elstir, Proust quiso pre­sentamos las ideas matrices de la pintura a la vez que su pintura misma, hecha rea­lidad, viva y sensible a través del puro he­chizo de la palabra. Por esta razón, Elstir es inconfundible: no se parece a ningún pintor conocido a pesar de que recuerda a muchos.

Y ello es así, aunque posible­mente su autor tuvo presente un modelo humano (en realidad, toda la gran obra de Proust puede considerarse bajo el aspecto de una auténtica crónica disfrazada o, como suele decirse, de una novela de clave). En su juventud, Elstir quizá no es más que un impresionista; en su madurez, gracias a la gravedad que le infunde su melancó­lica arte poética, en la que con el nombre de la gloria se le anticipa el sabor de la muerte, es más que un impresionista: es un pintor, un artista cuyas ambiciones expre­sivas no conocen otros límites que los marcados por su propia fantasía.

Sin em­bargo, sigue viviendo en una poética im­presionista, de la que se convierte en in­consciente símbolo gracias al autor de En busca del tiempo perdido, el hombre que sirve de centro a las evoluciones, compara­bles a vuelos de mariposa, de sus amigas «las muchachas en flor».

R. Franchi