[’Ĕlīshā, «Dios es la Salvación»]. El profeta hebreo Eliseo, cuya historia se narra en el libro de los Reyes (v.), pertenece, como Elías (v.), de quien fue discípulo en los últimos tiempos de su misión, al «viejo» profetismo de Israel. Pero en él apenas se halla rastro de la huraña y descarnada fisonomía de su maestro, y menos aún de su salvaje forma de vida.
Elías, por otra parte, al separarse de Eliseo en su carro de fuego, le había advertido de la dificultad de transmitirle su espíritu y, para consolarle, le había arrojado desde el cielo su manto. Así Eliseo heredó sobre todo el poder profético y taumatúrgico de su maestro, pero apenas nada de su sombrío hechizo de gran figura separada por Dios^ de los demás hombres.
En realidad, jamás logró hacer olvidar su origen acomodado y sus costumbres aburguesadas. Cuando Elías le invitó a que le siguiera, poniéndole sobre los hombros su propio manto, Eliseo estaba arando sus tierras con doce pares de bueyes: entusiasmado con la imprevista predilección del gran profeta, se apresuró primero a saludar a su padre y luego improvisó un banquete de solemne despedida de sus hombres, sacrificando dos pares de bueyes y asándolos con la madera del arado.
Y durante su vida de profeta siguió siendo igualmente cordial y sociable, generoso y servicial. Las grutas del Carmelo, refugio predilecto de Elías, le vieron raras veces, ya que prefería las ciudades pobladas y llenas de vida. La soledad, en general, no ejerció sobre él ninguna irresistible atracción, antes por el contrario solía hacerse acompañar constantemente por un servidor, y a menudo aceptó la hospitalidad, llena de obsequiosas atenciones, de distintos colegios de profetas.
Del mismo modo, su aspecto personal se apartó de la arisca excentricidad de Elías. E incluso sus propias cualidades de vidente fueron raras veces impulsivas y fulgurantes como las de su maestro; a menudo recurría incluso para excitarlas, a la habilidad de músicos expertos. Sus oráculos fueron también menos terribles y sombríos, y aun la vena de sus prodigios parecía más bien fluir de una exuberancia natural antes que de motivos sobrenaturales, y los milagros que obraba tendían más a consolar y a dar que a castigar.
Casi podría decirse que con Elíseo, hombre de vida fácil y honorable, defendida cuando era necesario por prodigios oportunos y rodeada por la admiración universal, el viejo profetismo empieza a languidecer y en cierto modo a aburguesarse. Pero en realidad lo que ocurre es que los dones de Dios no están vinculados a ninguna especial actitud o estilo de santidad, o, si se prefiere, que Dios premia por igual los temperamentos excepcionales y los comunes, a condición de que sean igualmente fieles.
Más aún, en el caso de Elíseo, por lo menos, parece que prefiera estos últimos. En efecto, Elíseo es el único personaje del Antiguo Testamento de quien la Biblia atestigua que obró prodigios aun después de muerto. C. Falconi

