Elías

[’Eliyyāhū o ’Eliyyāh: «Yahvé es Dios»]. Profeta hebreo cuya historia figura en el libro de los Reyes (v.): es la figura más característica de aquel que se ha lla­mado profetismo «antiguo», más sencillo y espectacular, y a la vez más práctico y me­nos dogmático que el «reciente», que se manifiesta a partir del siglo VIII antes de Jesucristo, y, entre todos los profetas, es el que más impresionó la fantasía popular (en tiempo de Jesucristo, el Bautista, v., y luego el propio Jesucristo fueron tomados por reencarnaciones de aquél).

Ningún otro profeta, realmente, logró como Elías con­vertirse en la personificación fulmínea y tonante — pero también a veces misericor­diosa y caritativa — de la potencia del Dios del Sinaí. En Isaías (v.) y más tarde en Jeremías (v.), la imagen de Yahvé queda hasta cierto punto recubierta por la más humana del «siervo de Yahvé», el futuro Mesías, «el hombre de los dolores». Elías, en cambio, está poseído por una violenta divinidad primitiva. Y para no ser más que la voz de su terrible soberano, procura por todos los medios hacer desaparecer su figu­ra humana: ayunos y penitencias, inculta cabellera y ásperas pieles por vestido.

Y sólo se manifiesta cuando así se lo impone la urgencia de algún oráculo o de algún gesto de advertencia, viviendo el resto del tiempo en lugares inaccesibles, cavernas del monte o anfractuosidades del desierto. Al­gunas veces se ve impulsado a orar por las asechanzas con que le persigue Jezabel (v.), la sádica esposa del rey Acab (v.)» protectora de los profetas del grosero dios Baal (v.) y perseguidora de los del verda­dero Dios. Pero no por ello Elías teme presentarse al rey, antes al contrario su acción parece dirigirse con más ávida complacen­cia contra los poderosos, a la manera como el rayo parece preferir las cumbres.

Elías sabe muy bien que quien hace temblar a los reyes hace temblar a los pueblos. Por lo demás, si su voz debiera callarse, gritaría su sangre. Por dos veces, pues, se enfrenta con Acab, y la segunda logra verle humi­llado y arrepentido a sus pies. Y más tar­de, cuando Ocosías, sucesor de Acab, en­ferma y manda consultar a los sacerdotes del dios de Acarón, Elías fulmina con el fuego celeste a dos capitanes de Ocosías, con los cien hombres que les acompañaban.

Pero si es terrible en sus castigos, no es menos implacable en su ironía y en sus escarnios. Cuando, solo, reta a los cuatro­cientos cincuenta hierofantes de Baal a que hagan bajar del cielo las llamas para consumir los holocaustos, y aquéllos per­manecen en vano desde el alba al ocaso intentando atraer con sus ruidosos ritos la atención de su dios, Elías no deja ni un momento de zaherirles con sus más duros sarcasmos. A pesar de todo, Elías no es ni mucho menos un maníaco o un vulgar ac­tor. El celo de Dios le devora realmente: la causa de Yahvé es su causa, y toda terca resistencia a la Verdad le hace su­frir indeciblemente.

Todo el mal de Israel pesa dramáticamente sobre sus espaldas, atormentándole hasta la opresión. Un día, cansado de persecuciones, se retira al de­sierto de Betsabé y suplica al Señor que le deje morir: «Basta, Señor, acoge ya mi alma…». Ésta es la explosión más patética y conmovedora de su humanidad, en tre­mendo contraste con la armadura férrea y helada de sus proféticas apariciones. Pero luego vuelve a ponerse en pie llevando en sus manos el fulgor del Dios de Israel, como siempre temido y fugitivo, juez y conde­nado. Un profeta tan grande no podía terminar como los demás hombres. Y en efec­to, un día, luego de atravesar el Jordán, fue arrebatado al Cielo en un carro de fuego, para no volver, según la tradición, hasta la vigilia del «fin del mundo».

C. Falconi