El Pobre Músico

[Der arme Spielmann]. Protagonista del relato de su nom­bre (v.) de Franz Grillparzer (1791-1872), aparece en una fiesta popular vienesa: es un violinista ambulante setentón, de mirada dulce, maneras afables, manos finas y ves­tido miserable pero limpio y aseado.

El narrador dice haber ido a buscarlo a su casucha, allí donde la ciudad confina con el campo, y haberse enterado de su histo­ria. Hijo de un alto personaje del mi­nisterio del Interior, su padre no le quiso jamás porque era tardo y tímido, y a la primera ocasión le expulsó de su casa. De niño estudiaba el violín, pero ello era para él un suplicio; sin embargo, se convirtió en un deleite desde que pudo tocarlo a su gusto. Éste es por demás curioso: consiste en prolongar a placer los sones que le agra­dan, en repetir los pasajes, en pasar vo­lando sobre las disonancias y ejecutar con lentitud y precisión, sin saltar una nota, los pasajes de agilidad.

El resultado es que la pieza que toca es irreconocible, y tor­tura a los oyentes tanto al menos como gusta al ejecutante. Y sin embargo, ¡cuán concienzudo se muestra en su mísero oficio de violinista ambulante! Sólo por las tar­des toca «por dinero»; por las mañanas «estudia», estudia piezas de sus queridos maestros antiguos, ensayándolas una y otra vez, ya que repudia el proceder de sus «colegas» que sirven al público cancioncilias, bailables y necedades, y considera un deber dar música buena incluso a la gente de la calle y a los parroquianos de los cafés. Por ello copia la música que no puede comprar y la estudia, y se reserva las noches para su delicia suprema: la crea­ción, la improvisación. No conoce la ira: la música le consuela de todo.

Y tampoco sabe que su don divino es la bondad, aque­lla bondad que apaga todo rencor y le hace caritativo para sus vecinos, tal vez menos pobres que él. Por ello cuando mue­re todo el mundo le llora, y más de uno, al despertarse por la noche, sentirá una aguda nostalgia de aquellas pobres notas que tal vez antes le molestaran.

B. Allason