El Párroco Arlotto

[II Piovano Arlotto]. Entre tantos personajes nacidos de la fantasía humana, he aquí uno que se hizo por sí mismo: Arlotto, ya en vida, era inmortal como si estuviera en las pá­ginas de un libro.

El párroco Arlotto Mainardi, de la parroquia de San Cresci en Maciuoli, diócesis de Fiésole, nació en Flo­rencia en 1396 y, bajo la enseña de un nombre burlesco (por cuanto en los textos italianos antiguos «arlotto» significa hom­bre torpe y vil, que bebe y come desme­suradamente), vivió ochenta y cinco años maquinando burlas y disparando bromas más o menos graves hasta el último mo­mento, como lo demuestra la forma en que, al sentirse morir, envió noticias suyas a un anciano, sin duda más preocupado de sí mismo que de él: «Darás las gracias de mi parte a tu magnífico señor — dijo al sirviente ^ que le había llevado el recado — y le dirás que le contesto en pocas pala­bras porque se me apresura la marcha: él está haciendo los baúles y yo los tengo ya a punto de cerrar, de modo que sé que pronto nos encontraremos».

Fue un hombre divertido y a menudo trivial en su expre­sión. Pero tras esa fachada se oculta una honradez fundamental que justifica su sa­cerdocio y le confiere autoridad de maes­tro. En su época no – eran necesarios lar­gos estudios ni grandes sacrificios para llegar a ser presbítero; Arlotto lo fue a los 28 años, cuando estaba cansado de otros oficios, y por ello aportó a su nueva vida no pocas de sus antiguas costumbres, y entre ellas, y no en último lugar, la afición a la libertad aventurera (hasta el punto ^ de que, habiéndose inscrito como capellán en las galeras de la república, para ahorrarse gastos de viaje, recorrió gran parte de Europa visitando Londres, Ostende, Flandes y Provenza y viviendo en Sicilia y en Nápoles).

Costumbres algo libres y no fáciles de contener en los lí­mites de la honradez. Pero la figura fun­damentalmente noble del párroco lograba siempre evitar lo peor, y en ella no moría jamás una luz de caridad casi santa, como se ve en el caso en que, para ayudar a una desdichada familia de su parroquia, a la que habían sido embargados dos asnos en pago de una deuda de dieciséis ducados, Arlotto, en pleno diciembre, se quitó la capa forrada de pieles de zorra que llevaba puesta y dijo a su sirvienta: «Ve, empéñala y rescata el asno». En cuanto a su espíritu generoso, Arlotto lo llevó hasta más allá de la tumba, ya que dispuso que sobre ésta se escribiera: «El párroco Arlotto man­dó labrar esta sepultura para sí y para todas aquellas personas que quisieran en­trar en ella».

R. Franchi