Es un personaje típico del teatro de los siglos XVII y XVIII: su aparición significa que la comedia marcha hacia su fin, por cuanto ante él suelen producirse las revelaciones o confesiones decisivas, se desvanecen las bodas combinadas de antemano y se improvisan otras nuevas; en una palabra, todo aquello que durante la comedia había estado en vano buscando una salida, la halla improvisada y tumultuosamente.
El notario habla poco; generalmente se limita a algunos gestos: saluda a derecha y a izquierda, sonríe, deja su gruesa cartera de cuero y se pone a cortar meticulosamente su pluma de ganso. Su figura es majestuosa como debe serlo toda figura que se baste a sí misma con su mero valor plástico: enorme peluca gris, antiparras verdes, nariz encarnada y prominente barriga; y todo ello vestido de negro con un gran alzacuello de encaje blanco, grueso bastón en la mano, la bolsa bajo el brazo y la pluma de ganso en la oreja. No es un hombre: es la sociedad oficial, aquella de la que, durante la comedia, todos los personajes han intentado más o menos evadirse y en la que finalmente acaban refugiándose, entre felices y resignados, pero en el fondo contentos con pagar así el tributo que el individuo debe rendir a la colectividad.
U. Déttore

